sábado, 7 de noviembre de 2009

no es tan extraño

filmar una película en la entrada de un telo, con un actor travestido, un escritor disfrazado de recepcionista, una maceta enfundada en animal print, dos chinos y un peruano mirando en la puerta, un asistente de producción facho, un sonidista estresado y un equipo con mayoría de mujeres y latinoamericanos.
lo maravilloso
es ver pasar por el estacionamiento
a una pareja
de sesenta
y tantos
un miércoles
a las 4 de la tarde
él de impecable traje
y ella
con un enorme
ramo de flores
en la mano

jueves, 15 de octubre de 2009

teoría de la dispersión

Hay gente que sobresale. A mí me gusta dar órdenes. Pero siempre hay alguien arriba mío. Esos son los que se destacan. No sé si no puedo asomar la cabeza porque tengo a otra persona encima, porque no me la creo, o simplemente porque no tengo con qué. Debería verlo con mi analista. Podría retomar, con esta excusa. Flor de tema para volver a empezar.
Que no frene en la parada. Que no pierda la onda verde. Que no doble en Pueyrredón. Quiero seguir de largo.
Dejé terapia porque me faltaba el tiempo y el dinero. Mi analista piensa que es una resistencia que no puedo asumir. Pero nunca llegó a decírmelo, porque le dejé un mensaje en el contestador avisando que desaparecía por tiempo indeterminado. Me imagino la cara que puso cuando lo escuchó. Me acuerdo que hace unos años, cuando trabajaba para unas psicoanalistas judías super progre de barrio norte, daban un curso que se llamaba “tiempo y dinero en la cura psicoanalítica.” Hacían un curso para analizar eso. La causa inconsciente que yace bajo la negativa.
Nada de soledad. Nada de problemas de amor. La educación sentimental a destiempo no tiene sentido.
Pero así y todo.
Escucho la canción más triste y hermosa que tengo a mano.
Those who are dead are not dead
They're just living in my head
And since I fell for that spell
I am living there as well
Time is so short and I'm sure
There must be something more

Aunque para mí, decía there must be something wrong.
Una letra cambia todo.
¿Hay algo más o hay algo mal?

sábado, 19 de septiembre de 2009

Palabras mayores

Esto pasó en el año 1987. Tenía siete años y mi hermana Marina catorce. Compartíamos la pieza: Marina dormía en la cama de arriba y yo en la de abajo, que había que sacar cada noche. Muchas tardes, cuando ella estaba en clase de gimnasia o de piano, yo le revolvía los cajones, me probaba su ropa, los zapatos, jugaba con las carteras. Le desordenaba las TV Guía que guardaba acomodadas por fecha, y escuchaba una y otra vez sus cassettes de Soda Stereo y Abuelos de la Nada. Pero había algo que me obsesionaba más que ninguna otra cosa: el diario íntimo. Marina tenía más de uno. El primero que encontré era un enorme libro blanco, de tapas acolchadas, que venía en un estuche de cartón decorado con ángeles y doncellas. Los bordes de las hojas, gruesas y resistentes, estaban laminados en papel dorado. Parecía un libro sagrado. Se ve que a ella este diario no le gustaba, porque era poco lo que había escrito y de muy escaso interés para lectoras furtivas como yo. Pero había otro. Más chico, de plástico, y con hojas finitas y coloridas. Más bien parecía una agenda. Se cerraba con un broche que sólo podía ser abierto por una pequeña llave. Pasé días enteros buscándola, pero no aparecía por ninguna parte. Yo todavía no tenía diario propio, así que no era fácil conseguir una parecida. Intenté abrirlo con un escarbadientes, con la tapa de una bic, con un tenedor, pero nada daba resultado, y muchas veces, mientras luchaba con esa especie de candado, escuchaba los pasos de mi vieja subiendo la escalera, o la voz de mi hermana que llegaba a casa, y tenía que poner todo en su lugar a las corridas. Un día encontré un alambrecito, no me acuerdo dónde, en la cocina, tal vez en el garage entre las cajas de mi viejo, pero la cosa es que subí a la pieza y me dediqué a la tarea con toda la concentración de la que era capaz. Metí la punta del alambre en el agujero del broche, empujé para un lado, para el otro. Hice mucha fuerza, después no tanta, al rato un poco menos. Lo que quería era entender cómo se abría. No sé cuánto tiempo habrá pasado, pero en un momento, sin darme cuenta, el broche se abrió. Las páginas del diario se desplegaron ante mis ojos y yo empecé a leer por partes, al azar, cada tarde un pedazo distinto, abriendo en cualquier hoja, hasta que escuchaba pasos y dejaba todo en su lugar. La primera vez que tuve que cerrarlo me dio miedo, pensaba que nunca más lo iba a poder abrir. Por suerte no fue así. Cada tarde, gracias a mi alambrecito, disfrutaba de una nueva historia prohibida. Mi hermana escribía a menudo sus sueños, y en uno de ellos decía haber hecho el amor con Maradona. Describía un encuentro con todo tipo de detalles. Yo no entendía nada de lo que ella había escrito, pero era evidente que pasaban cosas intensas y apasionadas. Las historias seguían: en otros sueños aparecían más jugadores de fútbol, ahora no me acuerdo los nombres, pero todos famosos de la época. Como si dijera un Bochini, pero no, eran de los lindos. Pensé en contárselo a mis amigas, sobre todo para discutir entre todas las escenas que Marina describía. Estuve a punto de hacerlo varias veces. Le comenté a Marisol, mi mejor amiga, pero sin dar demasiada información. No trascendió. Me daba culpa. Al fin de cuentas, Marina era mi hermana mayor. Y pensándolo bien fue una buena decisión, porque unos pocos años más tarde ella misma me explicó unas cuantas cosas parecidas a las del diario, pero que ahora ya no pasaban únicamente en los sueños.

sábado, 12 de septiembre de 2009

es difícil de explicar

pero es así: el cajero de mi supermercado chino, es la versión oriental de Alain Delon.

martes, 25 de agosto de 2009

tu nombre en un grano de arroz

ella salió pensando
que solo se trataba
de hacer sociales
pero le ganó el ritmo
y pisó la pista
atrevete-te-te
de la mano de un falso
ricardo arjona
una señora bien explicó
que no podía escuchar
ninguna canción
que tuviera platillos
después ya tarde
sin campera y sin saquito
ella
habló con un morocho
muy alto y muy largo
que quiso saber
el significado de su nombre
no supo qué decirle
aunque le hubiese gustado
aclarar
que era de origen latino
amigota de afrodita
todo mal con apolo
prima lejana de artemisa
igual no hizo falta
el morocho y ella reían
y si era por hacer sociales
la noche ya estaba
encendida.

lunes, 24 de agosto de 2009

repeat repeat repeat repeat

escuchar y cantar
y cantar y escuchar
y cantar
alto más alto
todo el día escuchando
esta canción

martes, 11 de agosto de 2009

Chica de ciudad

Cómo me gustan

las ciudades

las que conozco

y las que no

las que imagino

las que me contó el cine

las que me invento.

Me acuerdo,

cuánto me gustan

las que visité

con pies de viajera

ingenua y desprevenida,

las que me esperan

entre luces y multitudes.

Cuánto me gustan

me encantan

incluso una al norte

pegada al mediterráneo

que en cuestión de meses

me hizo volver

diez años más vieja.

Me gusta Buenos Aires

más que ninguna otra

perderme en un barrio

que todavía no conozco

andar en auto por Barracas

y descubrir murales

escondidos

ir a paso lento por Almagro

a encontrarme con un amante

mientras pienso en otro

el que de verdad

me importa,

tanto me gusta

esta ciudad de furia.

Pero todavía tengo que pisar

el suelo de Lima

y el empedrado de Montevideo

quiero viajar sin rumbo

en un subte de Tokyo

espero ver Nueva York

con los ojos manchados

de Woody Allen

y con los ojos húmedos

del llanto banal

(y tan profundo)

después de ver a Carrie

volver sola a casa

cuando Big la deja

(una vez más).

Así que lo admito

no me molesta

si alguien me dice

que soy

una chica

de ciudad.

sábado, 8 de agosto de 2009

Hoy

ella decidió

que así no va la cosa

las sutilezas no están

de su parte

hoy

compró ropa nueva

en puestitos

con onda

y caminó del brazo

con una amiga

siempre del lado derecho

hoy

ella pensó en todas las cosas

que es como decir

en una misma cosa

y al final

decidió

que no es bueno

estar siempre

a merced.

(como si fuera tan fácil)


(y por último resolvió escuchar siete veces esta canción)

viernes, 7 de agosto de 2009

Jueves, de noche

No sé si llevar los zapatos que me prestaron. Me quedan chicos. Además, esta noche no creo que baile demasiado. Los jueves no es lo mismo, no conozco a nadie. Y mañana tengo que estar despierta a las ocho. Me quedo sentada en la cama mirando los zapatos, me empiezo a morder las uñas. Lo que queda. Suena el timbre del departamento de enfrente. Bueno, ya está, voy en zapatillas. Agarro el bolso y salgo. Abro la puerta. Me estoy olvidando el teléfono, como siempre. Vuelvo a buscarlo. Camino por el pasillo hasta el ascensor, que está subiendo. Se abre la puerta y baja un tipo, trajeado, maletín de cuero, impecable. Mientras nos cruzamos me dice, con la boca torcida, mamita, qué linda qué estás. El ascensor se cierra y veo mi cara resignada en el espejo. Cosas que pasan, cuando en tu departamento vecino hay gente trabajando para el rubro 59.

Salgo a la calle, hace más frío del que esperaba. Y eso que miré la página del servicio meteorológico antes de salir. El veranito se está terminando y me niego a aceptarlo. Camino por Sarmiento, mejor voy a tomar el colectivo cruzando Corrientes. A esta hora Libertad es una larga persiana metálica y no hay un alma. Avanzo rápido hasta llegar a la parada del 39. Tiene que venir el 3, el del cartel rojo. Ahí quieta, esperando, no puedo sacar la vista de la entrada de Edelweiss. Me fascina ese lugar. Primero, el cartel luminoso. Zum Edelweiss. Qué querrá decir. Una vez me dijeron que era una flor. A mí me suena a jugo de algo, pero estoy segura que debe ser otra cosa. Es imposible ver hacia adentro, las puertas y las ventanas están cubiertas de vidrios esmerilados de colores. Será que los famosos no quieren que los vean masticando, sin hacer dieta, poniéndose en pedo. Si hubiese una ventana común y corriente, desde la calle podría ver a Nacha Guevara comiendo un plato de ravioles con tuco y pesto. Todavía no entiendo cómo hace para estar tan joven. La cara, bueno, está toda operada, pero las manos. Me miro las mías. Qué espanto. Un mozo sale a fumar y trato de espiar por la puerta entreabierta. Nada, se cierra enseguida. Escucho ruido a bondi y menos mal que me di cuenta, justo es el mío.

Subo al colectivo y busco mi asiento preferido. Está libre, por suerte. Atrás, al medio, los que están más altos. Si hay algo que me molesta es que el marco metálico de la ventana me corte el plano por la mitad. Necesito ver a pantalla completa. El 39 arranca por Libertad a toda velocidad y enseguida estamos dando la vuelta por Marcelo T. La calle de las peluquerías. Me acuerdo cuando Vale me mandó a cortarme el pelo a una que era muy barata, no se acordaba el nombre, y yo me metí en la peluquería más cool de la cuadra, encandilada por los sillones pop y las paredes naranja rabioso. Me hice la planchita y me salió más caro que una cena en Puerto Madero. Para colmo, el peluquero me tiraba los galgos. ¿Cómo era posible? No entendía nada, los peluqueros son gays y punto. Lo normal es que te corten más de la cuenta, que te digan que te parecés a alguna famosa con onda, qué pelo divino, me encanta tu color, nunca te lo teñiste, ¿no?

Cada vez tengo menos ganas de llegar a La Viruta. Me doy cuenta que si sigo yendo es porque Vale insiste. Me divierto un rato pero dura poco. Después me sacan a bailar señores de la edad de mi papá que se enojan cuando pongo el pie donde no debo, y me critican porque no me dejo llevar, como ellos dicen. Dejate llevar, piba, dejate llevar. En la esquina de Pueyrredón veo una pareja de unos cuarenta años, los dos vestidos de negro de pies a cabeza. Ella sostiene un racimo de globos de colores. Parecen salidos de un casting, quizás probaban gente para comerciales de analgésicos y también de Levité. Se los ve felices. Me dan ganas de bajar y ponerme a hablar con ellos.

El 39 ahora pasa por la puerta de un sanatorio que no conozco. Amaga a frenar y me quedo mirando la pantalla de TN, que amenaza desde la altura a los pocos que están sentados en la sala de espera. Pero el colectivo arranca enseguida y no alcanzo a leer bien lo que dice. Las letras blancas sobre fondo rojo y azul. Maradona volcó en Panamá. O Raikkonen volcó en Canadá. ¿Será posible? Si hubiese sido Maradona, ya se habría parado el tráfico. Me imagino el día que se muera. Se va a parar el país. Nadie va a ir a trabajar, cierra el Congreso, funerales de estado. Cuando tenía seis años fui a la puerta de su casa, que estaba a pocas cuadras de la mía, en Devoto, y me metí en el tumulto a gritar y saltar por los campeones del mundo. No sé quién me habrá llevado, porque a mi viejo nunca le gustó Maradona, y mi mamá odia el fútbol. Capaz que se dejaron contagiar por la alegría del barrio, de la ciudad, del país, y decidieron ir a festejar como todos los demás.

Hace más de tres semanas que no voy a la milonga, espero acordarme de algo. El básico lo tengo, pero al paso que voy no salgo más del nivel principiantes. Repaso mentalmente los movimientos, con los ojos cerrados y desplazando los pies mientras el cuerpo se queda quieto en el asiento. En la primera parada sobre Coronel Díaz sube una chica de pelo corto platinado y ojos saltones. Creo que la conozco de las clases de tango. Me mira y yo la saludo con la cabeza, pero no responde.

Llegando a Palermo, nadie sube ni baja del 39 y a la velocidad que va por Honduras no me da tiempo a ver la puerta de ese boliche raro, donde hace muchos años me besaba con mi primer novio oficial. Pasó tanto tiempo que parece otra vida. Pero todavía me acuerdo, estaba tan enamorada. Ya me tengo que bajar.

Camino por Armenia. Tengo hambre. Me gustaría parar y comer algo. Llego a la esquina de La Viruta, y espero el semáforo. Un taxista baila reggaeton dentro del auto, moviéndose a ritmo y cantando como una quinceañera. Se acerca un chico de pelo enrulado, larguísimo, lleno de aros, piercings y tatuajes. Campera de cuero con tachas y un jean agujereado. Le hace señas al taxista, que se arrima al cordón. El volumen de la música en el auto se mantiene y el taxi arranca con el heavy metal a bordo. Cruzo y ya estoy llegando.

Afuera hay bastante gente que salió a fumar. Valeria todavía no llegó, quedamos en vernos en la puerta. Me quedo esperando y veo llegar a la chica platinada que venía en el colectivo conmigo. Hola, cómo andás, me dice al pasar mientras se va para adentro. Prendo un cigarrillo para matar el hambre. El sonido de la calle se enrarece, se van mezclando las voces en inglés, en francés, en argentino, con la música que llega desde adentro. Deben estar en la previa porque suenan los Cadillacs. Tengo ganas de irme. Empiezo a pensar qué mensaje mandarle a Vale como excusa, cuando la escucho gritarme desde la vereda de enfrente. ¡Llegué, llegué, acá estoy! Me dice, ¿entramos? Traje un par de zapatos para vos.

domingo, 19 de julio de 2009

qué otra cosa vas a hacer?

esta noche 22 hs

revistas coelho inconfesables córdoba interpretadores mujeres asesinos
zeppelin retornables comunidades confesiones asuntos
noticias malones abandonos rock bloggers

escuchá!!!



sábado, 18 de julio de 2009

cinco siglos igual

Ya en la puerta se alzan algunas voces críticas dentro del grupo: este lugar es muy caro. Una pareja que sale de cenar nos escucha discutir mientras decidimos. Entre los dos se aseguran de convencernos. No, tranquilos, si los platos se comparten, máximo 40 por cabeza. Ahora estoy segura que eran actores, contratados especialmente con el fin de atraer a los clientes indecisos como nosotros. Un gallego simpático nos hace pasar, aún cuando no hemos terminado de ponernos de acuerdo. Entramos y nos ubicamos en una mesa para ocho que parece estar preparada, esperándonos. Alguien dice: “rabas”, y antes de que podamos terminar de acomodarnos, aterrizan dos bandejas sobre la mesa. ¿Vino? ¿Tinto? ¿Norton? ¿Cabernet? Ya sale!!!, dice don Pepe, o sea cual fuese su verdadero nombre. Gran conspirador, ideólogo, estratega de toda nuestra cena. Enseguida reparte menúes para todos, a una velocidad desconcertante. La carta está repleta de platos, atiborrada de letras y colores, satura el estómago y la vista. ¿Cómo elegir algo entre tanta información? Por supuesto, es claro. La única solución es que el mozo decida por usted. A cada comensal, Don Pepe le pregunta: ¿paella? Todos asentimos, con miedo, sumisos, como chicos frente a una madre enojada, como miembros de la masa fascinados por un líder carismático. Se llevan los platos de las rabas, se llevan botellas vacías. Don Pepe ataca de nuevo. ¿Más agua? Una con gas, dos sin, ¿otra coca? Se vació el Norton ¿marchamos otro? A todo decimos que sí, a nada decimos que no. Viene la paella, poco arroz, mucho marisco, pollo, arvejas, los platos desbordan. Comemos felices, todavía nadie se dio cuenta de la gran conspiración de la que somos víctimas. Brindamos, cantamos un feliz cumpleaños. Hace calor y no se puede fumar, pero así y todo no me levanto a tomar aire. Algo me aferra a la silla. Y es lo mismo con los otros siete. Sobremesa, conversamos. Un segundón de don Pepe impone de nuevo las cartas en la mesa vacía, ¿un postre, un postrecito, algo dulce, gusta un postre? En ésa no caemos. Quizás porque hemos empezado a sospechar lo que sucede, aunque todos actuamos como si nada. Seguimos charlando, un poco tensos, con ese miedo que se comparte porque se sabe y no se dice. Alguien pide la cuenta. No sé cuándo sucede, supongo me distraje hablando con otro. La recibe el de la punta, pobrecito, mejor ni decir su nombre. Don Pepe ha desaparecido. Ahora gobierna el segundón. Es como si fuese la conquista de América y Hernán Cortés, una vez tomada la ciudad, se retirase a disfrutar de la victoria dejando a sus soldados ocuparse de los indios. El soldadito deja el ticket y nosotros, que fuimos encandilados por sus espejitos de colores, ahora vemos claro: tenemos que poner varios cientos de pesos para que nos dejen salir de ahí. Empiezan las cuentas, las billeteras se vacían, prestame, te debo, dame cambio. El segundón se lleva todo. Ni nos saluda. De Cortés, ni noticias, no vuelve a aparecer. Salimos, en silencio, a la ciudad vacía. Nos despedimos y cada uno por su lado. Me voy caminando a casa, pensando en Cortés. Miro entre los autos, a través las ventanas de los edificios. Lo busco. A ver si lo descubro en su guarida. A ver si aparece, el conquistador.

acercamiento alejamiento

Lucía sonríe. Le gusta lo que ve, le calienta lo que ve. Primero que nada los brazos. Esa forma que él tiene de ponerlos encima de la cabeza. Parece musculoso, pero sin exagerar. Tiene la medida justa de pelo en las axilas. Puede sentir el olor de su cuerpo mezclado con el desodorante de turno. Ni hablar de las manos. Lucía puede sentirlas, recorriéndole las plantas de los pies. Lo ve sin la remera, con esa panza incipiente que a ella la excita casi tanto como le irrita a él. Su cuerpo empieza a tensarse. Quiere besarlo. Le busca la boca, le mira cada detalle, como si no la conociera. La cara, el gesto, como si fuera la primera vez. Lucía piensa que es bastante feo en realidad, y se ríe. Las chicas tienen razón. Y sin embargo ella lo ve tan atractivo, diría casi que hermoso. Las manos de Lucía se rozan los pechos, bajan lentamente hasta quedar entre sus muslos. Ella sigue observando. Lo ve, con su sonrisa forzada, y puede escucharlo diciéndole amore, amore mío, para después cagarse de risa. Lucía se saca la sábana con los pies y empieza a tocarse muy despacio. Le gustaría cerrar los ojos pero necesita seguir mirándolo. Escucha la llave de luz del baño. Se sobresalta. Quiere seguir pero sabe que mejor no. No tiene sentido, sería algo mecánico y vacío si él la viera. Oye los pasos acercándose por el pasillo. Guarda la foto en el cajón de la mesa de luz y vuelve a taparse, un poco agitada. Hernán entra al cuarto en calzoncillos y chorreando. Se acuesta en la cama así, todo mojado. Lucía se aleja hacia su borde de la cama. No aguanto más este calor, dice Hernán. Lucía se queda callada.

─ En un rato me ducho de nuevo, ¿vos qué hacías?

─ Nada.

─ Mentira. Te vi cerrar el cajón cuando entré. ¿Qué escondiste ahí, pendeja? – pregunta Hernán en tono de burla.
─ ¿La foto de un amante? ¿Una carta de amor?

─ Qué pelotudo. ─ Lucía hace una pausa. ─ Bueno, en realidad sí, algo así.

A Hernán le cambia la cara y se le borra la sonrisa.

─ Me estás cargando, ¿no?

Lucía se levanta de la cama y sale de la habitación. Habla gritando desde el pasillo.

─ Voy a darme un baño, dejame tranquila un rato.

Hernán se cruza en la cama y abre el cajón de Lucía. Mira sin entender. El de la foto es él. Tres años atrás, con mucha menos panza, el pelo más largo y unas bermudas imperdonables. Quiere acordarse dónde le sacaron la foto y no puede. Pero cree entender. Tenía tres años menos y con Lucía recién empezaban a salir. Iban juntos a todos lados, cogían como conejos, discutían horas sobre cosas que no le importaban a nadie. Ni pensaban en casarse, pero estaban seguros que iba a ser para toda la vida. Se hicieron promesas en Villa Gesell, en Villa Crespo, en el 146, en la cola del chino, en la rotisería de la vuelta. Ahora tampoco estaban casados, y había pasado un tiempo, aunque no era tanto. Tres años después ella seguía enamorada, pero de otro tipo. Hernán se acomoda el calzoncillo y se seca la transpiración de la frente con la funda de la almohada. El departamento está en silencio. No se oye el agua cayendo en la ducha. El pasillo está oscuro. El calor se vuelve insoportable. Hernán necesita sentir el contacto con el agua. No quiere enfrentarse con Lucía, pero se levanta para salir de la habitación. Llega hasta la puerta, va a dar un paso. Algo lo frena. La puerta entreabierta del baño, la luz apagada, un gemido, placer o dolor, en la voz de Lucía.

sábado, 11 de julio de 2009

esta noche!

palabras enredadas
domingos 22 hs
hoy: Hernán Ronsino presentando su novela "Glaxo"

jueves, 9 de julio de 2009

Multiculturalismo in Congreso

Que sería de mí

sin el supermercado chino

cruzando Entre Ríos.

Hubiese desperdiciado

ciento ochenta pesos

si no fuera por el zapatero

chileno

que me emparchó el descosido

de una bota Palermo Soho.

No habría llegado nunca

a las playas del Cabo

con mi shorcito agujereado

que arregló la costurera rusa

de la otra cuadra.

El verdulero santiagueño

bromea con Frida,

que es peruana,

y entre los dos intentan

que les dé mi teléfono

para engancharme con uno

con plata

que vive en mi mismo edificio.

Y todo eso

sin mencionar

que nunca tuve un lavarropas

y es el lavadero chino

sobre Moreno

el que me deja los blancos

cual blanco Ala

y los colores sin desteñir.

Ahora me parece

que me gustaría

tener un novio

extranjero.

sábado, 4 de julio de 2009

mañana!

Empieza palabras enredadas en ciclop radio!!!
Domingos de 22 a 23 hs
Conducen Marcela Marcelli y Marina Gersberg

miércoles, 1 de julio de 2009

este domingo!

Libros editoriales independientes reseñas estallidos personajes lecturas publicaciones
secretos autores lectores enriedos comedia tragedia letras entrevistas
silabas canciones novelas sueños cuentos ficciones utopías
relatos crítica policiales difusión memoria viajes
mentales destellos lucidez probabilidades crisis
poesía independencia bocas fanatismos
verbos desencantos sutilezas
brutalidades fragmentos

todo enredado!

palabras enredadas domingos de 22 a 23 hs www.ciclopradio.com.ar

sábado, 20 de junio de 2009

Extraños en un tren

Ella va con uniforme de colegio privado. Está parada junto a la fila de asientos. Lee un libro sobre el Che Guevara. El subte está repleto. Aparece el tipo. Unos cuarenta años, escuálido, canoso, barba de varios días. Tantea en el aire buscando uno de esos aros de plástico para agarrarse. Remera manga corta, de una banda de rock. Las venas inflamadas sobresalen de sus brazos. Lleva un libro en la mano. Una autobiografía de Lito Nebbia.
La chica del uniforme está concentrada en su lectura. El tipo se va acercado. Busca un hueco de comodidad entre la gente apretujada. Se desplaza de a poco, como un reptil. Queda justo al lado de ella. La mira. Al principio. Después no. Cierra los ojos. Los vuelve a abrir. Deja caer su brazo despacio, muy despacio. Los músculos se esfuerzan por llegar. Los dedos raquíticos parecen rozar la pierna de ella. Nada más que tensión en todo el cuerpo del tipo. Apoya la frente sobre el brazo con el que se sostiene. Toma aire, lo suelta. La frente transpirada. El tren para en la estación y la chica mira hacia fuera. Se da vuelta. El tipo la sigue con la mirada. Gira el cuerpo. Ella lo mira de reojo y sigue leyendo. Él se queda inmóvil. Después, vuelve a extender el brazo. Insiste con la mano. La estira en movimientos lentos hasta lograr sentir apenas su piel. Una y otra vez. Su cara se transforma. Sufrimiento y placer.
Ella se corre unos centímetros. Acomoda su bolso. Cambia de mano el libro. Él arremete de nuevo. La mano luchando por el contacto. Ella baja la mirada. El subte llega a la siguiente parada. Ella sale de golpe, haciéndose camino entre la gente. Las puertas se cierran. El tren arranca. El tipo sigue en la misma posición, el brazo extendido y la cara hacia el costado. Los ojos cerrados. Sus dedos moviéndose muy lentamente en el espacio vacío.

sábado, 30 de mayo de 2009

Los otros

Hoy estoy más tranquila,
me dijo.
De nada sirve,
pensé.
Si ayer me llamaste
y me dijiste
Que tenía que Pensarlo
Muy Bien
Que estaba empeñada
en Algo Inútil
Que yo me iba a Enfermar
y vos También
Que Ya era Tiempo
de Cambiar.
Me hiciste pensar
En Todas
Las Malas Decisiones
Son Tantas
Son Todas Mías
Y me dejaste
Maquinando
Maquinando
Maquinando
Y vuelta a empezar
Todo el día igual
Hasta que se hizo de noche
Y ya estaba agotada
Escuché unos poemas
Y vi unos dibujos
con colores
con contrastes
simples
complejos
con talento
con talentos
ajenos
mejores
más fuertes
que el mío.
Y lloré cuanto pude
sin una sola lágrima
Y fui cínica
agresiva
irónica
mala.
Con la persona equivocada.
Todo esa rabia
era Solo Para Mí.

domingo, 24 de mayo de 2009

Para vos, lo mejor

La cosa se ponía densa. A esa altura, yo ya no quería hacer nada, pero Andrea estaba decidida y no había forma de pararla. No me quedó otra que sentarme con ella para revisar juntas la lista de invitados.
–Me gustaría que vaya Pablo, le dije.
Andrea me miró con cara de heroína de telenovela mexicana y respiró profundo antes de hablar.
–No te enojes, chiquita, pero Pablo no... Vos sabés que yo no tengo problemas con nadie, pero es mi casa, ¿viste? No da, tengo un cuadro de doce mil dólares en el living…
No respondí. Me había colgado mirándole esa especie de jogging de marca que tenía puesto, con unos zapatos de taco. Era de plush verde oscuro y me hacía acordar al tapizado de los sillones de estilo de mi tío. Ella siguió anotando y borrando y volviendo a anotar y borrar nombres en su palm. Yo no dije más nada y al rato, según explicó, todo estaba listo. Solo tenía que ocuparme de estar en su casa a las nueve, lo demás quedaba por su cuenta.

Llegué media hora tarde y todavía no había nadie. Andrea me recibió con peinado nuevo y traje sastre, y Nicolás apareció por atrás de ella haciendo las monerías de siempre. La calle empezaba a agitarse, como cada anochecer desde hacía varios días. Pensé que tal vez nadie iba a llegar.
El living estaba diferente a la última vez que lo había visto, había cada vez más muebles. Deslicé la mirada por el cuadro sin comprender cómo podía valer tanto dinero una tela azul con manchas celestes.
De a poco se filtraban en la casa ecos lejanos de gritos y cacerolazos. Andrea le ordenó a Nicolás que pusiera algo de música. Él se puso a buscar entre los cds, mientras ella me preguntaba si quería algo de tomar. No pude evitar notar que tenía algo verde entre los dientes, no era muy grande pero se le veía bastante. No le avisé.

La mesa estaba puesta para diez, pero solo llegaron cuatro. Lily, la mucama, ofreció sacar de la mesa los platos sobrantes pero Andrea se lo impidió. Enseguida nos sentamos y yo pregunté si habían pedido pizza. Nicolás me miró con cara de ¿me estás cargando? y Andrea aclaró que mi despedida de la oficina era una ocasión muy especial. Casi inmediatamente entró Lily con unas bandejas de sushi. Cuando se estaba acercando a la mesa se le resbaló un plato y varios rollitos rodaron por el piso tarugado. En su intento por frenarlos con el pie terminó pateándolos más lejos. Parecían mini discos de tejo rodando por la arena húmeda de cualquier playa bonaerense.
–No es nada, no es nada– dijo Andrea –por suerte no son los de salmón. Y se rió.
Empezamos a comer. Yo veía que todos agarraban los palitos pero me era imposible comer con eso. Observaba con atención a los que parecían más expertos, para copiar sus movimientos veloces entre el pulgar y el anular, pero no había forma. O se me deshacía el rollito o se me caía pocos centímetros antes de llegar a la boca. Al final agarré un tenedor y pinché una pieza.

Andrea recordaba mis primeros días en la oficina, riéndose a carcajadas entre anécdota y anécdota. Una vez más, los sonidos de la calle fueron invadiendo la cena. Sin levantarse de la mesa, Andrea agarró el control remoto del equipo de audio y subió el volumen. Nicolás la miró de reojo y siguió conversando. Jorge, el empleado estrella, empezó a decir algo sobre la cantidad de manifestaciones que había. Nicolás lo interrumpió y preguntó si nos acordábamos de la fiesta de fin de año del 99 y empezó a contar una vez más la anécdota de Mariana haciéndole sexo oral a Fernando en el auto.
Al rato, Jorge quiso prender la tele para ver si había alguna novedad, pero Andrea dijo que no, que para qué, que se iban a despertar las nenas. Lily apareció trayendo más vino y cerveza y Andrea le susurró algo al oído. La mucama fue hacia las ventanas y cerró una a una todas las persianas.
Comimos bocaditos helados de Freddo y aparecieron bombones y todo tipo de cosas dulces y diminutas. Quise fumar pero Andrea prefirió que no porque no había ventilación. Me levanté y fui hacia una de las ventanas para asomarme y fumar ahí. Andrea miraba de reojo y seguía contando historias de la oficina, subiendo de a poco el tono de voz. Nicolás la acompañaba festejándole cada comentario.
Desde la ventana, yo podía ver la gente en las esquinas cercanas, y a pocas cuadras, en la avenida, el humo de las gomas quemadas. Abrí más la persiana y estaba casi en el balcón cuando Nicolás me pidió que entrara, dijo que podíamos jugar algo entre todos. Le dije que bueno, que yo quería jugar a dígalo con mímica. Andrea puso cara de mejor no, pero yo insistí. Es mi juego preferido, le dije. No me lo vas a negar en mi despedida, ¿no?
Nos trasladamos hacia la parte de los sillones y nos separamos en equipos. Todos estaban entusiasmados con el juego menos Andrea y Nicolás, que parecían no conocer ninguna película y proponían todo tipo de juegos alternativos. Al final se impuso el mío. Me reuní con mi grupo y elegimos una película para que empezara Nicolás. Hablábamos en voz muy baja, mientras gritos, explosiones y aplausos se metían por la fuerza en el living de los doce mil dólares.
Cuando nos pusimos de acuerdo, lo llevé a Nicolás a un costado y le dije al oído: Legalmente rubia. Me senté en el sillón, al lado de Andrea, y le dije, a ver cómo se las arregla tu maridito con ésta. Ella sonrió con los dientes apretados. Seguía teniendo el pedacito verde metido en el mismo lugar. Nicolás se paró frente a nosotros, con el cuadro de fondo. Dije ¡tiempo! y empezó a gesticular en silencio.

jueves, 21 de mayo de 2009

Los conocí hoy

en el programa de Rolando Graña (!). Parece que hace tiempo que andan por ahí, pero para mí son noticia fresca. Su agrupación se llama PP (Putos Peronistas) y son de La Matanza. Acá cuentan un poco de qué se trata. También me enteré que se enfurecieron con Osvaldo Bazán porque hace poco publicó en Crítica un artículo titulado "Soy gorila".
Si tan solo Capusotto&Saborido lo supieran...

sábado, 16 de mayo de 2009

Pienso positivo

En un cuarto
donde todo es blanco
se señala y me pide
yo ya sé
lo que tengo que hacer
voy a bajarle el cierre
pero primero
me tiene que pagar
me va a pagar
un peso
por cada año que tengo
no es mucho
pero se acaba pronto
aunque parece
que nunca se acaba
no tiene cambio
y le devuelvo una moneda
con lo difícil que resulta
conseguirlas
me consuelo pensando
que es lo que hay
tener esta edad impar
me preparo uno dos tres
respiro hondo
y lo hago
él me acomoda
sigue de pie
y yo apenas
arrodillada en el suelo
es triste
peor aún
es de miedo
es una de terror
no se termina
no se acaba
me doy lástima
por ser tan optimista
y seguir esperando
seguir creyendo
que un buen día
se va a morir
mejor aún
lo voy a matar
yo
será posible
creer
que yo misma
lo voy a hacer.

martes, 12 de mayo de 2009

Pánico en la calle Libertad

Hacia finales de 2001, M. le propuso casamiento a C.
Ella al principio no estaba muy convencida, pero al final dijo que sí.
La fecha elegida fue el 28 de diciembre.
Unos días antes, fueron juntos a elegir los anillos a las joyerías de la calle Libertad.
Después de dar unas vueltas, entraron en un local y se pusieron a ver los distintos modelos.
De pronto, los joyeros empezaron a gritarse de negocio en negocio.
Varias persianas de chapa comenzaron a bajar.
En la calle y en los locales se produjo un alboroto generalizado.
M., asustado, preguntó qué estaba pasando.
–¿Cómo? ¿No saben?–respondió el joyero.
M. y C. quedaron en silencio.
–¡Que ya vienen, ahí vienen!
–¿Quiénes?– preguntó C.
–Los negros!!!–gritó el joyero.
Y bajó la persiana.

sábado, 9 de mayo de 2009

jueves, 7 de mayo de 2009

sábado, 2 de mayo de 2009

Váyanse


Salgo del cine y veo a los que hacen cola para la función siguiente. Qué ganas de decirles, váyanse, todavía están a tiempo. Seguramente ya pagaron su entrada, pero qué tanto, al fin de cuentas es el Gaumont y no puede haber costado más de 6 pesos. Váyanse, no se queden a ver esto. No, no tienen por qué soportar a la insufrible Inés Efron, ni comerse esta historia inverosímil, minutos y minutos de tragedia y melodrama que no conmueven a nadie. No, no se queden acá, lo único rescatable es Emme y quizás la aparición de Arnaldo André. Pero no alcanza, ni ahí. Huele a robo a Trapero, huele a quiero-pero-no-puedo-ser-como-Lucrecia. El niño pez hace daño, y no lo digo por el que aparece en la pantalla, cual Chucky a la criolla, sino por la película en sí misma, por la sensación densa y fastidiosa que te deja. Así que mejor salgan del cine ahora, aprovechen los barcitos nuevos sobre Callao, cómanse unas empanadas en La Americana, o vayan a caminar por Corrientes. Es mejor quedarse afuera.

jueves, 30 de abril de 2009

Alto cine



Debe ser la película que más dan en el cable, cabeza a cabeza con Bridget Jones. Fox, Sony, Cosmo, tnt, con subtítulos, doblada, de trasnoche, a las 3 de la tarde. Es la que te engancha todas las veces. La bella y graciosa Polly con el bueno e ingenuote Reuben hacen una parejita simpática y dulce que cumple lo poco que promete. No está nada mal, Mi novia Polly, para hacer compañía (incluso en mute) en noches frías y algo melancólicas como ésta. En una de ésas, con suerte, en un rato engancho Notting Hill.

sábado, 25 de abril de 2009

Una noche de suerte

Mientras cruzaba la entrada, pensó que el traje ya le quedaba chico. La camisa demasiado ajustada, parezco un puto, pensó. La había comprado en Los Angeles hacía apenas un par de meses, pero seguramente tanto gimnasio lo había puesto demasiado fuerte. Pagó la entrada con un billete de cien y empezó a caminar mirando entre las mesas. Las mujeres lo miraban con ganas, había unas cuantas que estaban buenas. Incluso muy buenas. Se sorprendió porque se había imaginado que en el casino de Tigre solo había viejas gordas de San Isidro. Pero no. Las chicas le miraban el pelo, las manos, la cola, ese pantalón se Armani sí que había sido una buena compra.
El iphone empezó a vibrarle en el bolsillo del pantalón cuando se sentó en la mesa de blackjack. Estaba solo y del otro lado de la mesa había una mujer de traje y moñito rojo. Qué grasada, pensó. Pidió una carta y después otra. Parecía que iba a tener una buena noche. Jugó un buen rato y acumuló tantas fichas que a la mina de moñito se le salían los ojos. Miró su Rolex, ya eran casi las diez. Juntó lo que tenía y se fue con eso a la ruleta. No dudó un instante: apostó un pleno al 3. Colorado el 3. Colorado el 12. Colorado el 23. Uno tras otros fueron saliendo sus números. La gente alrededor empezó a rodear la mesa para verlo, mientras gritaban y aplaudían. Se quedaron ahí hasta verlo ganar el millón.
Un tipo de traje berreta se le acercó, le pidió que lo acompañase y le agarró sus fichas. Él accedió mientras se acomodaba el saco y se pasaba las manos por los zapatos, gracias al tumulto ese ahora había quedado todo desprolijo. Fue hasta la oficina caminando tranquilo. Ahí lo esperaban los jerarcas con cara de culo, quién les iba a decir que esa noche los iban a dejar con un palo menos. Cuando empezaron a contar las fichas, él les revoleó su tarjeta y salió de la oficina sin decir una palabra.
Atravesó el salón hacia la calle mientras sentía las miradas de las chicas lindas, y ahora también de unas cuantas maduritas calentonas. Llegó a la salida. Las luces del parque de diversiones de al lado hacían que el estacionamiento pareciera un decorado navideño. Se subió al Audi y prendió la calefacción. No se cansaba de mirar el cuero color beige de los asientos, era impecable. Arrancó despacio y encaró para la Panamericana. El A4 aceleraba enseguida, en pocos minutos iba a 140 y ya se divisaba la General Paz.
Paró el auto justo en la puerta del edificio. Ayacucho 2188, casi esquina Libertador. Había justo un espacio. No se podía estacionar ahí. Apagó el motor. Chequeó que las puertas estuvieran bien trabadas. El iphone empezó a vibrar de nuevo. Sacó del bolsillo del saco el frasquito y se fue tragando las pastillas de a una, sin agua. Apretó un botón del tablero y el asiento de cuero beige se reclinó por completo. Impecable.

Int. Milonga Noche

Salgo porque mi amiga insiste.
Tuve un día pésimo y el mal humor no se detiene.
Llego, la nueva amiga de mi amiga no para de hablarme.
Me pongo celosa.
El vino está feo.
El tostado está frío y el queso ni se derritió.
Empieza a tocar una banda.
El cantante es amigo, pero no nos hablamos hace meses.
No sé para qué vine a verlo.
De pronto, flash.
No es la chica del bikini azul.
Es el tipo de chomba negra.
Después de cuatro años.
El fantasma se materializó.
Tiene la misma cara y el mismo cuerpo.
Se ríe, me abraza.
Como si nada.
Me tiemblan las piernas y la taquicardia es violenta.
Charla. Recuerdos. Miradas.
Ponerse al día.
Risas.
Ya estoy tranquila.
No entiendo demasiado.
Lo único que sé es que me siento aliviada.
Todavía no terminó…

sábado, 18 de abril de 2009

La cura

Me enteré ayer a la tarde. Tengo el mal de Alperovich. El cuerpo se me fue llenando de manchas violáceas, con formas geométricas perfectas. Triángulos, círculos, rectángulos, y hasta un par de hexágonos. Al principio eran pocos, dos o tres, pero se fueron multiplicando y ahora los tengo por todo el cuerpo y la cara.
Ayer el doctor Panucci me dijo que no tiene cura. Que es progresivo, hasta volverse crónico. Con suerte vas a tener tantas manchas que ni se va a notar la diferencia, me dijo. Me costó levantarme de la silla del consultorio para salir. Era la peor noticia de mi vida. Qué iba a hacer ahora, con la cara así no podía ni salir a la calle.
Cuando estaba saliendo y me despedía del doctor, me dio la mano con mucha fuerza, y me retuvo. Empezó a mirar para todos lados, asustado, y me habló muy bajito, como en secreto.
—Hay una alternativa— me dijo.
Seguía susurrando.
—Los grillos curativos. Los grillos curativos.
—¿Qué?—lo dije gritando y de repente me dio miedo.
—Eso. Grillos. Que curan. Se apoyan sobre las manchas y se quedan ahí quietos—hizo una pausa, seguía girando los ojos por todo el consultorio.—Por supuesto que vos tampoco te podés mover.
Yo empezaba a sentirme esperanzada.
—Así, en cuatro o cinco días como mucho se te cura todo.
Empecé a hablar de la misma manera que él.
—Me tiene que decir dónde los puedo conseguir, doctor. Me quedo quieta todo el tiempo que haga falta.
Sacó la billetera de su bolsillo y revolvió entre un montón de tarjetas y papelitos. En todo eso apareció un pedazo de papel madera todo doblado. Me lo mostró, tenía un número de teléfono anotado a mano.
—Acordate este número—me dijo.—Alberto. Llamalo sin falta mañana entre las once y las once y cuarto. Él te va a decir lo que tenés que hacer.
Memoricé el teléfono y salí de ahí repitiéndolo. Caminé hasta el colectivo hablando sola en voz baja, quince cinco cuatro dos dos tres uno cero siete.
Hoy me levanté temprano, como a las seis. Desde entonces estoy sentada junto al teléfono, esperando que se hagan las once.

Servicio especial

—¿Cuánto hace que lo tiene?—preguntó el fumigador.
—Dos años, más o menos—le respondí. Pero al principio muy de vez en cuando, era algo esporádico. Ahora es casi permanente.
—¿Es en todos los ambientes?
Asentí con la cabeza. El fumigador recorría el departamento a medida que me interrogaba, y yo lo seguía de cerca. Tenía puesta una camisa blanca y naranja, y en la espalda se leía en letras mayúsculas FUMIMASTER.
—¿Y en qué momento del día sale? ¿De noche? ¿Antes de que usted se vaya a trabajar?
—Depende—le dije, alterada. Puede ser en cualquier momento.
Por supuesto, yo sabía que ahora no iba a aparecer, lógico, no tenía ni un pelo de tonto.
—Ahora que usted está acá, difícil—le dije.
Y claro. Era más o menos lo mismo que llamar al técnico de la computadora solo para ver cómo la máquina anda perfecto cuando el tipo llega. Acá estaba yo, con el mejor fumigador de todo Capital y Gran Buenos Aires, y por supuesto mi departamento parecía libre de toda plaga.
—Si hay otra gente, amigos, familiares suyos, ¿sale? —el interrogatorio no había terminado todavía.
—Mmmm, puede ser, a veces sí, pero ellos no se dan cuenta. Es conmigo la cosa.
—Bueno, mire, vamos a ver qué se puede hacer. Esto sería un servicio adicional, digamos, algo extraordinario, ¿vio? Tengo que ir a la oficina y pasarle bien el presupuesto.
Me parecía bien. Lo único que quería era que me resolviera el problema.
—Hay que pensar que vamos a ser varios, necesitamos equipamiento especial, combinar procedimientos… Calcúlele por lo menos setecientos pesos.
Me sorprendió un poco el número, esperaba que fuese caro, pero no tanto.
—Bueno. Está bien—le dije. Páseme el presupuesto cuanto antes y lo hacemos.

El fumigador se fue y yo me senté a hacer cuentas. Si sacaba algo de los ahorros y pedía prestado unos trescientos pesos, llegaba.
Al fin de cuentas, lo más importante era liberarme del fantasma.

martes, 14 de abril de 2009

Why, God?!?!

Por suerte no son 30. Pero casi como si lo fueran… Así y todo soy una optimista incorregible y tiendo a pensar que el día de mi cumpleaños es un buen día. A pesar de todo lo que me falta y me hace falta. A pesar de lo que quería y no se dio (que no logré). Una vez un analista me dijo que yo era una persona “que anhelaba todo el tiempo”. Qué palabra rara anhelar, así con la h en el medio y con lo extraña que suena cuando se la conjuga. Nadie la usa. Pero sí, yo anhelo muchas cosas. Eso me hace bien. Creo que en verdad soy de las que ven el vaso medio lleno. Y eso que estoy sola. Y un poco neurótica. El trabajo que quiero nunca llega. Y los fantasmas acechan desde lejos (y desde cerca). Y cuando algo está bien, es complicado. O imposible. Todos los planes se van yendo de foco.

Pensándolo bien, y aunque no sean 30, no me queda más que sumarme al grito de Joey.



Con subtítulos en árabe!!!

domingo, 12 de abril de 2009

Joven argentina:

Si eres joven, rubia natural, adinerada y bella, puedes convertirte ya mismo en consultora en Recursos Humanos. Solo recuerda:
- debes estar casada o estar de novia para casarte (en cualquier caso, no debe faltar un impactante anillo en el anular de tu mano izquierda)
- deber vestir únicamente prendas en tonos pastel (tonos tierra también serán permitidos), de las siguientes marcas: Zara, Paula Cahen D’Anvers, Vitamina, Ayres, Portsaid, Yagmour.
- debes hablar pausadamente y en el mismo tono que las conductoras de Utilísima. Obviar la “ye” porteña suavizándola al estilo Recoleta será considerado un plus.
Y por último, no olvides la terminología básica que no puede faltar en tu conversación:
- fortalezas
- debilidades
- candidato/a
- proactivo/a
- feedback
- start-up
- motivación
- organizacional
Sé una mujer triunfadora, únete al ejército de consultoras de RRHH ya!!!

Juana forever

Una de piñas

Al grito de "¿dónde está mi elefanteeeeeeeeeeee?", el bueno de Kham viaja a las piñas de Tailandia a Sidney para enfrentar a unos mafiosos malíiiisimos liderados por la versión oriental de Bibi Andersen. Y esta secuencia es imperdible!

miércoles, 11 de marzo de 2009

El programa del momento

Bajaron corriendo del taxi y subieron los cuatro pisos por escalera a una velocidad tal que los dejó sin aliento.
-No puedo creerlo -dijo ella-, ya se fueron a almorzar. (Todavía seguía sin entender esa relajada costumbre española de tomarse dos horas para comer, con religiosa puntualidad, de dos a cuatro de la tarde).
Se sentaron en los últimos escalones, dudando entre quedarse firmes ahí sin hacer nada durante dos horas, o irse a casa y volver más tarde. Él creía que no tenía sentido quedarse, pero ella no quería perder la oportunidad (después de todo, para algo se habían enloquecido para ganarles de mano a los otros que también habían salido corriendo). Discutieron. Finalmente acordaron dejar una nota debajo de la puerta, con letras enormes y remarcadas, pidiendo que por favor los llamaran, asegurando que habían sido los primeros en llegar y que querían alquilar el piso que les habían mostrado esa mañana en la Ronda Sant Antoni. Después se fueron.

El teléfono sonó apenas pasadas las cuatro y otra vez los dos corrieron hasta la inmobiliaria de la calle Córsega. Subieron nuevamente hasta el tercero primera y esta vez la puerta estaba abierta. Nadie los recibió. Extrañados, se sentaron en la sala de espera junto a otras personas.
-Esto parece la escenografía de una telenovela venezolana -dijo ella.
Él no dijo nada, pero no le gustaba lo que veía. Las paredes color rosa chicle, las flores de plástico por todas partes, la excesiva luz de tubos fluorescentes, una recepcionista (aparecida varios minutos después) exageradamente arreglada, sillas incómodas tapizadas de verde.
Empezaron a prestar atención a sus compañeros de espera: por sus conversaciones intuían acentos, de Ecuador, tal vez de Colombia, quizás de algún otro país que ellos no podían identificar (a él le molestaba sentirse como un argentino más con escasa cultura latinoamericana).
Adentro se divisaban varios escritorios donde otras personas recibían algún tipo de información de parte de simpáticas empleadas siempre sonrientes, siempre maquilladas. Ellos no alcanzaban a escuchar las conversaciones, pero algunas frases aisladas llegaban hasta sus oídos: “lo único que tenéis que hacer…”, “solo trescientos euros…”, “nosotros reservamos, claro…”.
Nadie los atendía todavía, y ahora la sala de espera permanecía en silencio. Ellos no tardaron en notar que en verdad aquello era una escenografía, y ellos los actores involuntarios. Sin decir una palabra, se levantaron y salieron de ahí, casi tan rápido como habían llegado.

Esos raros conceptos nuevos

Se habían conocido cinco años atrás, trabajando juntos. Una oficina, mucha gente, ella secretaria, él jefe. Mientras compartieron el trabajo, podría decirse que no tenían nada en común, ella era extrovertida y ocurrente, mientras que él era serio y reservado. Él le llevaba unos cuantos años, y además era casado. Ninguno de los dos hubiese imaginado que algo podría suceder entre ellos alguna vez, aunque uno de ellos ocasionalmente se permitía fantasear con esa posibilidad. Se oponían en lo estético, lo ideológico, lo personal, lo político. Sin embargo, una cosa compartían, y era su pasión por el cine. Podían pasarse largos ratos defendiendo o condenando alguna película, ante la mirada aburrida de sus compañeros. Cualquier detalle servía para encender la mecha: un diálogo que ambos recordaban diferente, una actuación memorable, un final discutible, una historia inverosímil. Ella prefería siempre el cine de autor, aunque jamás utilizaba esa expresión para no parecer una esnob frente a sus compañeros. Él, por su parte, admiraba a algunos directores célebres, pero se inclinaba siempre por las grandes producciones con las grandes estrellas de la gran meca del cine. Un día, ella había decidido renunciar a su trabajo, lo que llevó a que dejaran de verse, aunque las discusiones cinematográficas se mantenían a través del mail. Algunos meses más tarde, sin demasiada justificación, él la invitó a cenar. Ella aceptó sin pensarlo. Gentilmente, él se ofreció a dejarla elegir el restaurante, y aunque hubiese preferido algún lugar elegante y carísimo, ella quería comer comida de autor. Por supuesto, nunca utilizó esas palabras, y en cambio le sugirió un lugar con nombre de un famoso intelectual europeo, donde le aseguró se comían exquisiteces. Apenas se encontraron, las diferencias volvieron a surgir, y cada vez se hacía más obvio para ambos que no compartían nada, excepto el gusto por el cine. Aún así, una extraña y poderosísima atracción entre ambos era cada vez más evidente. Ella, sin demasiados rodeos, lo invitó a tomar un café a su departamento. Él, algo inquieto, aceptó. Ella comenzó a besarlo ya en el auto y sus manos ligeras buscaban el cierre de sus pantalones. Él continuaba tenso aunque de a poco sentía que empezaba a relajarse. Llegaron. Él intentó hacer algún comentario banal sobre el departamento, pero ella solo estaba concentrada en seducirlo y sacarle muy lentamente la ropa. Lo llevó hasta su dormitorio y lo tendió sobre la cama, como disponiéndose a celebrar algún secreto ritual ante sus ojos. Él le preguntó si prefería la oscuridad (a él le gustaba que alguna forma de luz alcanzara la habitación). Ella no respondió, seguía ocupada en besarlo y acariciarlo. Él se sentía completamente entregado, empezaba a desprenderse de su neurosis. Solo alcanzó a preguntarle, entre gemidos, qué era lo que más le gustaba. Ella le respondió: el sexo de autor.

Paisaje con gente

Aceleré un poco porque el de atrás empezó a tocar bocina, me hizo dar cuenta que estaba demasiado abstraída pensando cosas sin sentido y al mismo tiempo observando ese barrio que me resultaba familiar pero que sin embargo nunca había visto. En la esquina me tiré a la derecha y lo dejé pasar, quería seguir manejando tranquila. La calle estaba desierta, no había una sola persona, y después de aquel auto no volví a ver ningún otro. Seguí así durante un rato largo, dando vueltas sin rumbo fijo. Yo sentía que había estado ahí antes, pero era imposible recordar cuándo. ¿En qué barrio estaba? No tenía a quién preguntarle nada.
De pronto la calle se abrió y me encontré avanzando hacia una avenida enorme en la que se juntaban varias esquinas. Tuve que frenar de golpe y bajar del auto. Empecé a gritar sola. La calle estaba repleta de cadáveres, o al menos eso parecían, aunque también podían ser heridos graves, estaban por todas partes, el panorama se había transformado en el de una ciudad devastada. Todos estaban desnudos y esparcidos en el suelo como si alguien los hubiera dispuesto así, en ese orden, en esa ubicación. Empecé a gritar pidiendo ayuda, pero estaba completamente sola. Me tiré al piso intentando ayudar a los que daban la impresión de estar vivos, pero ni siquiera sabía por dónde empezar. Estaba desesperada.
La vi aparecer casi sin darme cuenta. Era extraño, porque habíamos pasado años sin vernos ni hablarnos. Y sin embargo en aquel momento lo único que podía pensar era que estaba agradecida de ver aquel rostro familiar y alguna vez tan querido. Le pedí ayuda, nada de lo que había sucedido entre nosotras importaba ahora; le grité, mis alaridos resonaron en esa calle abandonada, y ella solo me dijo: “no te preocupes, no hay nada que puedas hacer”. Y se fue.

martes, 10 de marzo de 2009

Notas encontradas en los márgenes de una libreta

Primeras palabras que aprendí: tancat per vacances - bon dia - fins demà - adeu. Primeras palabras que usé y no entendieron: subte - duraznos - cuadras - pollo (pronúnciese “posho”) - colectivo. Cantidad de cuadras (calles) caminadas hasta encontrar un departamento (un piso): entre trescientas y quinientas. Cantidad de avisos de empleo a los que me postulé: ciento cuarenta y cinco. Aceptados: cuatro (tres entrevistas fallidas y un rechazo por no tener listos mis papeles). Amigos argentinos con quienes discutir las mismas pequeñas tragedias personales, incluso hasta el hartazgo: por lo menos veinte (casi todas parejas). Métodos de comunicación con la familia: cuatro (teléfono, e-mail, chat y llamada por Internet). Llantos de variada intensidad tras cortar la comunicación con mi madre: todas y cada una de las veces. Exclamaciones onomatopéyicas del estilo “ahh”, “uhmm”, al probar el primer asado en siete meses: muchas, formando un eco interesante con las de los demás comensales. Expresiones de felicidad después de probar mi primer mantecado (una tarde de invierno, cerca de navidad): entre diez y quince. Una imagen imborrable: el edificio central de inmigración con sus dos filas de gente extendidas en direcciones opuestas; una extensa, superpoblada, maltratada, infinita (extracomunitaria); otra cortita, con buenos modales, cómoda, acelerada (comunitaria). Nombres odiados: Jordi, Montse. Nombres apropiados: Manel, Gemma. Sensación de nostalgia, incluso por cosas que jamás había conocido: aproximadamente una por semana, al comienzo, luego descendiendo paulatinamente en cantidad e intensidad. Horas sentada contemplando la belleza de la plaza de San Felip Neri: ciento veinte, por lo menos. Nuevas (imprescindibles) costumbres adquiridas: una caña después del trabajo - las patatas alioli - Andreu Buenafuente - caminar por el Montseny - Isabel Coixet. Frases improbables, efectivamente oídas: bastantes, pero solo dos memorables (“era chileno y encima judío, por suerte vosotros sois diferentes” - “allí, en tu país, ¿hay presidente o es lo mismo que los Estados Unidos?”). Hombres que amé: uno. Mujeres a las que amó el hombre que yo amaba: dos. Cantidad de tiempo que sobreviví sin ir al analista: seis meses. Costumbres de difícil acceso imposibles de erradicar: el asado - la depilación con cera - las empanadas de carne cortada a chuchillo - las películas en versión original subtitulada - los alfajores de maicena. Sucesos acontecidos a gran velocidad y sin previo aviso: separacióndiscusiones compartirpiso nohayaumentodesueldo tristezaincertidumbre
elinevitableregreso

Conclusión: ____________________ (completará cada lector el espacio en blanco)