miércoles, 11 de marzo de 2009

El programa del momento

Bajaron corriendo del taxi y subieron los cuatro pisos por escalera a una velocidad tal que los dejó sin aliento.
-No puedo creerlo -dijo ella-, ya se fueron a almorzar. (Todavía seguía sin entender esa relajada costumbre española de tomarse dos horas para comer, con religiosa puntualidad, de dos a cuatro de la tarde).
Se sentaron en los últimos escalones, dudando entre quedarse firmes ahí sin hacer nada durante dos horas, o irse a casa y volver más tarde. Él creía que no tenía sentido quedarse, pero ella no quería perder la oportunidad (después de todo, para algo se habían enloquecido para ganarles de mano a los otros que también habían salido corriendo). Discutieron. Finalmente acordaron dejar una nota debajo de la puerta, con letras enormes y remarcadas, pidiendo que por favor los llamaran, asegurando que habían sido los primeros en llegar y que querían alquilar el piso que les habían mostrado esa mañana en la Ronda Sant Antoni. Después se fueron.

El teléfono sonó apenas pasadas las cuatro y otra vez los dos corrieron hasta la inmobiliaria de la calle Córsega. Subieron nuevamente hasta el tercero primera y esta vez la puerta estaba abierta. Nadie los recibió. Extrañados, se sentaron en la sala de espera junto a otras personas.
-Esto parece la escenografía de una telenovela venezolana -dijo ella.
Él no dijo nada, pero no le gustaba lo que veía. Las paredes color rosa chicle, las flores de plástico por todas partes, la excesiva luz de tubos fluorescentes, una recepcionista (aparecida varios minutos después) exageradamente arreglada, sillas incómodas tapizadas de verde.
Empezaron a prestar atención a sus compañeros de espera: por sus conversaciones intuían acentos, de Ecuador, tal vez de Colombia, quizás de algún otro país que ellos no podían identificar (a él le molestaba sentirse como un argentino más con escasa cultura latinoamericana).
Adentro se divisaban varios escritorios donde otras personas recibían algún tipo de información de parte de simpáticas empleadas siempre sonrientes, siempre maquilladas. Ellos no alcanzaban a escuchar las conversaciones, pero algunas frases aisladas llegaban hasta sus oídos: “lo único que tenéis que hacer…”, “solo trescientos euros…”, “nosotros reservamos, claro…”.
Nadie los atendía todavía, y ahora la sala de espera permanecía en silencio. Ellos no tardaron en notar que en verdad aquello era una escenografía, y ellos los actores involuntarios. Sin decir una palabra, se levantaron y salieron de ahí, casi tan rápido como habían llegado.

Esos raros conceptos nuevos

Se habían conocido cinco años atrás, trabajando juntos. Una oficina, mucha gente, ella secretaria, él jefe. Mientras compartieron el trabajo, podría decirse que no tenían nada en común, ella era extrovertida y ocurrente, mientras que él era serio y reservado. Él le llevaba unos cuantos años, y además era casado. Ninguno de los dos hubiese imaginado que algo podría suceder entre ellos alguna vez, aunque uno de ellos ocasionalmente se permitía fantasear con esa posibilidad. Se oponían en lo estético, lo ideológico, lo personal, lo político. Sin embargo, una cosa compartían, y era su pasión por el cine. Podían pasarse largos ratos defendiendo o condenando alguna película, ante la mirada aburrida de sus compañeros. Cualquier detalle servía para encender la mecha: un diálogo que ambos recordaban diferente, una actuación memorable, un final discutible, una historia inverosímil. Ella prefería siempre el cine de autor, aunque jamás utilizaba esa expresión para no parecer una esnob frente a sus compañeros. Él, por su parte, admiraba a algunos directores célebres, pero se inclinaba siempre por las grandes producciones con las grandes estrellas de la gran meca del cine. Un día, ella había decidido renunciar a su trabajo, lo que llevó a que dejaran de verse, aunque las discusiones cinematográficas se mantenían a través del mail. Algunos meses más tarde, sin demasiada justificación, él la invitó a cenar. Ella aceptó sin pensarlo. Gentilmente, él se ofreció a dejarla elegir el restaurante, y aunque hubiese preferido algún lugar elegante y carísimo, ella quería comer comida de autor. Por supuesto, nunca utilizó esas palabras, y en cambio le sugirió un lugar con nombre de un famoso intelectual europeo, donde le aseguró se comían exquisiteces. Apenas se encontraron, las diferencias volvieron a surgir, y cada vez se hacía más obvio para ambos que no compartían nada, excepto el gusto por el cine. Aún así, una extraña y poderosísima atracción entre ambos era cada vez más evidente. Ella, sin demasiados rodeos, lo invitó a tomar un café a su departamento. Él, algo inquieto, aceptó. Ella comenzó a besarlo ya en el auto y sus manos ligeras buscaban el cierre de sus pantalones. Él continuaba tenso aunque de a poco sentía que empezaba a relajarse. Llegaron. Él intentó hacer algún comentario banal sobre el departamento, pero ella solo estaba concentrada en seducirlo y sacarle muy lentamente la ropa. Lo llevó hasta su dormitorio y lo tendió sobre la cama, como disponiéndose a celebrar algún secreto ritual ante sus ojos. Él le preguntó si prefería la oscuridad (a él le gustaba que alguna forma de luz alcanzara la habitación). Ella no respondió, seguía ocupada en besarlo y acariciarlo. Él se sentía completamente entregado, empezaba a desprenderse de su neurosis. Solo alcanzó a preguntarle, entre gemidos, qué era lo que más le gustaba. Ella le respondió: el sexo de autor.

Paisaje con gente

Aceleré un poco porque el de atrás empezó a tocar bocina, me hizo dar cuenta que estaba demasiado abstraída pensando cosas sin sentido y al mismo tiempo observando ese barrio que me resultaba familiar pero que sin embargo nunca había visto. En la esquina me tiré a la derecha y lo dejé pasar, quería seguir manejando tranquila. La calle estaba desierta, no había una sola persona, y después de aquel auto no volví a ver ningún otro. Seguí así durante un rato largo, dando vueltas sin rumbo fijo. Yo sentía que había estado ahí antes, pero era imposible recordar cuándo. ¿En qué barrio estaba? No tenía a quién preguntarle nada.
De pronto la calle se abrió y me encontré avanzando hacia una avenida enorme en la que se juntaban varias esquinas. Tuve que frenar de golpe y bajar del auto. Empecé a gritar sola. La calle estaba repleta de cadáveres, o al menos eso parecían, aunque también podían ser heridos graves, estaban por todas partes, el panorama se había transformado en el de una ciudad devastada. Todos estaban desnudos y esparcidos en el suelo como si alguien los hubiera dispuesto así, en ese orden, en esa ubicación. Empecé a gritar pidiendo ayuda, pero estaba completamente sola. Me tiré al piso intentando ayudar a los que daban la impresión de estar vivos, pero ni siquiera sabía por dónde empezar. Estaba desesperada.
La vi aparecer casi sin darme cuenta. Era extraño, porque habíamos pasado años sin vernos ni hablarnos. Y sin embargo en aquel momento lo único que podía pensar era que estaba agradecida de ver aquel rostro familiar y alguna vez tan querido. Le pedí ayuda, nada de lo que había sucedido entre nosotras importaba ahora; le grité, mis alaridos resonaron en esa calle abandonada, y ella solo me dijo: “no te preocupes, no hay nada que puedas hacer”. Y se fue.

martes, 10 de marzo de 2009

Notas encontradas en los márgenes de una libreta

Primeras palabras que aprendí: tancat per vacances - bon dia - fins demà - adeu. Primeras palabras que usé y no entendieron: subte - duraznos - cuadras - pollo (pronúnciese “posho”) - colectivo. Cantidad de cuadras (calles) caminadas hasta encontrar un departamento (un piso): entre trescientas y quinientas. Cantidad de avisos de empleo a los que me postulé: ciento cuarenta y cinco. Aceptados: cuatro (tres entrevistas fallidas y un rechazo por no tener listos mis papeles). Amigos argentinos con quienes discutir las mismas pequeñas tragedias personales, incluso hasta el hartazgo: por lo menos veinte (casi todas parejas). Métodos de comunicación con la familia: cuatro (teléfono, e-mail, chat y llamada por Internet). Llantos de variada intensidad tras cortar la comunicación con mi madre: todas y cada una de las veces. Exclamaciones onomatopéyicas del estilo “ahh”, “uhmm”, al probar el primer asado en siete meses: muchas, formando un eco interesante con las de los demás comensales. Expresiones de felicidad después de probar mi primer mantecado (una tarde de invierno, cerca de navidad): entre diez y quince. Una imagen imborrable: el edificio central de inmigración con sus dos filas de gente extendidas en direcciones opuestas; una extensa, superpoblada, maltratada, infinita (extracomunitaria); otra cortita, con buenos modales, cómoda, acelerada (comunitaria). Nombres odiados: Jordi, Montse. Nombres apropiados: Manel, Gemma. Sensación de nostalgia, incluso por cosas que jamás había conocido: aproximadamente una por semana, al comienzo, luego descendiendo paulatinamente en cantidad e intensidad. Horas sentada contemplando la belleza de la plaza de San Felip Neri: ciento veinte, por lo menos. Nuevas (imprescindibles) costumbres adquiridas: una caña después del trabajo - las patatas alioli - Andreu Buenafuente - caminar por el Montseny - Isabel Coixet. Frases improbables, efectivamente oídas: bastantes, pero solo dos memorables (“era chileno y encima judío, por suerte vosotros sois diferentes” - “allí, en tu país, ¿hay presidente o es lo mismo que los Estados Unidos?”). Hombres que amé: uno. Mujeres a las que amó el hombre que yo amaba: dos. Cantidad de tiempo que sobreviví sin ir al analista: seis meses. Costumbres de difícil acceso imposibles de erradicar: el asado - la depilación con cera - las empanadas de carne cortada a chuchillo - las películas en versión original subtitulada - los alfajores de maicena. Sucesos acontecidos a gran velocidad y sin previo aviso: separacióndiscusiones compartirpiso nohayaumentodesueldo tristezaincertidumbre
elinevitableregreso

Conclusión: ____________________ (completará cada lector el espacio en blanco)