sábado, 30 de mayo de 2009

Los otros

Hoy estoy más tranquila,
me dijo.
De nada sirve,
pensé.
Si ayer me llamaste
y me dijiste
Que tenía que Pensarlo
Muy Bien
Que estaba empeñada
en Algo Inútil
Que yo me iba a Enfermar
y vos También
Que Ya era Tiempo
de Cambiar.
Me hiciste pensar
En Todas
Las Malas Decisiones
Son Tantas
Son Todas Mías
Y me dejaste
Maquinando
Maquinando
Maquinando
Y vuelta a empezar
Todo el día igual
Hasta que se hizo de noche
Y ya estaba agotada
Escuché unos poemas
Y vi unos dibujos
con colores
con contrastes
simples
complejos
con talento
con talentos
ajenos
mejores
más fuertes
que el mío.
Y lloré cuanto pude
sin una sola lágrima
Y fui cínica
agresiva
irónica
mala.
Con la persona equivocada.
Todo esa rabia
era Solo Para Mí.

domingo, 24 de mayo de 2009

Para vos, lo mejor

La cosa se ponía densa. A esa altura, yo ya no quería hacer nada, pero Andrea estaba decidida y no había forma de pararla. No me quedó otra que sentarme con ella para revisar juntas la lista de invitados.
–Me gustaría que vaya Pablo, le dije.
Andrea me miró con cara de heroína de telenovela mexicana y respiró profundo antes de hablar.
–No te enojes, chiquita, pero Pablo no... Vos sabés que yo no tengo problemas con nadie, pero es mi casa, ¿viste? No da, tengo un cuadro de doce mil dólares en el living…
No respondí. Me había colgado mirándole esa especie de jogging de marca que tenía puesto, con unos zapatos de taco. Era de plush verde oscuro y me hacía acordar al tapizado de los sillones de estilo de mi tío. Ella siguió anotando y borrando y volviendo a anotar y borrar nombres en su palm. Yo no dije más nada y al rato, según explicó, todo estaba listo. Solo tenía que ocuparme de estar en su casa a las nueve, lo demás quedaba por su cuenta.

Llegué media hora tarde y todavía no había nadie. Andrea me recibió con peinado nuevo y traje sastre, y Nicolás apareció por atrás de ella haciendo las monerías de siempre. La calle empezaba a agitarse, como cada anochecer desde hacía varios días. Pensé que tal vez nadie iba a llegar.
El living estaba diferente a la última vez que lo había visto, había cada vez más muebles. Deslicé la mirada por el cuadro sin comprender cómo podía valer tanto dinero una tela azul con manchas celestes.
De a poco se filtraban en la casa ecos lejanos de gritos y cacerolazos. Andrea le ordenó a Nicolás que pusiera algo de música. Él se puso a buscar entre los cds, mientras ella me preguntaba si quería algo de tomar. No pude evitar notar que tenía algo verde entre los dientes, no era muy grande pero se le veía bastante. No le avisé.

La mesa estaba puesta para diez, pero solo llegaron cuatro. Lily, la mucama, ofreció sacar de la mesa los platos sobrantes pero Andrea se lo impidió. Enseguida nos sentamos y yo pregunté si habían pedido pizza. Nicolás me miró con cara de ¿me estás cargando? y Andrea aclaró que mi despedida de la oficina era una ocasión muy especial. Casi inmediatamente entró Lily con unas bandejas de sushi. Cuando se estaba acercando a la mesa se le resbaló un plato y varios rollitos rodaron por el piso tarugado. En su intento por frenarlos con el pie terminó pateándolos más lejos. Parecían mini discos de tejo rodando por la arena húmeda de cualquier playa bonaerense.
–No es nada, no es nada– dijo Andrea –por suerte no son los de salmón. Y se rió.
Empezamos a comer. Yo veía que todos agarraban los palitos pero me era imposible comer con eso. Observaba con atención a los que parecían más expertos, para copiar sus movimientos veloces entre el pulgar y el anular, pero no había forma. O se me deshacía el rollito o se me caía pocos centímetros antes de llegar a la boca. Al final agarré un tenedor y pinché una pieza.

Andrea recordaba mis primeros días en la oficina, riéndose a carcajadas entre anécdota y anécdota. Una vez más, los sonidos de la calle fueron invadiendo la cena. Sin levantarse de la mesa, Andrea agarró el control remoto del equipo de audio y subió el volumen. Nicolás la miró de reojo y siguió conversando. Jorge, el empleado estrella, empezó a decir algo sobre la cantidad de manifestaciones que había. Nicolás lo interrumpió y preguntó si nos acordábamos de la fiesta de fin de año del 99 y empezó a contar una vez más la anécdota de Mariana haciéndole sexo oral a Fernando en el auto.
Al rato, Jorge quiso prender la tele para ver si había alguna novedad, pero Andrea dijo que no, que para qué, que se iban a despertar las nenas. Lily apareció trayendo más vino y cerveza y Andrea le susurró algo al oído. La mucama fue hacia las ventanas y cerró una a una todas las persianas.
Comimos bocaditos helados de Freddo y aparecieron bombones y todo tipo de cosas dulces y diminutas. Quise fumar pero Andrea prefirió que no porque no había ventilación. Me levanté y fui hacia una de las ventanas para asomarme y fumar ahí. Andrea miraba de reojo y seguía contando historias de la oficina, subiendo de a poco el tono de voz. Nicolás la acompañaba festejándole cada comentario.
Desde la ventana, yo podía ver la gente en las esquinas cercanas, y a pocas cuadras, en la avenida, el humo de las gomas quemadas. Abrí más la persiana y estaba casi en el balcón cuando Nicolás me pidió que entrara, dijo que podíamos jugar algo entre todos. Le dije que bueno, que yo quería jugar a dígalo con mímica. Andrea puso cara de mejor no, pero yo insistí. Es mi juego preferido, le dije. No me lo vas a negar en mi despedida, ¿no?
Nos trasladamos hacia la parte de los sillones y nos separamos en equipos. Todos estaban entusiasmados con el juego menos Andrea y Nicolás, que parecían no conocer ninguna película y proponían todo tipo de juegos alternativos. Al final se impuso el mío. Me reuní con mi grupo y elegimos una película para que empezara Nicolás. Hablábamos en voz muy baja, mientras gritos, explosiones y aplausos se metían por la fuerza en el living de los doce mil dólares.
Cuando nos pusimos de acuerdo, lo llevé a Nicolás a un costado y le dije al oído: Legalmente rubia. Me senté en el sillón, al lado de Andrea, y le dije, a ver cómo se las arregla tu maridito con ésta. Ella sonrió con los dientes apretados. Seguía teniendo el pedacito verde metido en el mismo lugar. Nicolás se paró frente a nosotros, con el cuadro de fondo. Dije ¡tiempo! y empezó a gesticular en silencio.

jueves, 21 de mayo de 2009

Los conocí hoy

en el programa de Rolando Graña (!). Parece que hace tiempo que andan por ahí, pero para mí son noticia fresca. Su agrupación se llama PP (Putos Peronistas) y son de La Matanza. Acá cuentan un poco de qué se trata. También me enteré que se enfurecieron con Osvaldo Bazán porque hace poco publicó en Crítica un artículo titulado "Soy gorila".
Si tan solo Capusotto&Saborido lo supieran...

sábado, 16 de mayo de 2009

Pienso positivo

En un cuarto
donde todo es blanco
se señala y me pide
yo ya sé
lo que tengo que hacer
voy a bajarle el cierre
pero primero
me tiene que pagar
me va a pagar
un peso
por cada año que tengo
no es mucho
pero se acaba pronto
aunque parece
que nunca se acaba
no tiene cambio
y le devuelvo una moneda
con lo difícil que resulta
conseguirlas
me consuelo pensando
que es lo que hay
tener esta edad impar
me preparo uno dos tres
respiro hondo
y lo hago
él me acomoda
sigue de pie
y yo apenas
arrodillada en el suelo
es triste
peor aún
es de miedo
es una de terror
no se termina
no se acaba
me doy lástima
por ser tan optimista
y seguir esperando
seguir creyendo
que un buen día
se va a morir
mejor aún
lo voy a matar
yo
será posible
creer
que yo misma
lo voy a hacer.

martes, 12 de mayo de 2009

Pánico en la calle Libertad

Hacia finales de 2001, M. le propuso casamiento a C.
Ella al principio no estaba muy convencida, pero al final dijo que sí.
La fecha elegida fue el 28 de diciembre.
Unos días antes, fueron juntos a elegir los anillos a las joyerías de la calle Libertad.
Después de dar unas vueltas, entraron en un local y se pusieron a ver los distintos modelos.
De pronto, los joyeros empezaron a gritarse de negocio en negocio.
Varias persianas de chapa comenzaron a bajar.
En la calle y en los locales se produjo un alboroto generalizado.
M., asustado, preguntó qué estaba pasando.
–¿Cómo? ¿No saben?–respondió el joyero.
M. y C. quedaron en silencio.
–¡Que ya vienen, ahí vienen!
–¿Quiénes?– preguntó C.
–Los negros!!!–gritó el joyero.
Y bajó la persiana.

sábado, 9 de mayo de 2009

jueves, 7 de mayo de 2009

sábado, 2 de mayo de 2009

Váyanse


Salgo del cine y veo a los que hacen cola para la función siguiente. Qué ganas de decirles, váyanse, todavía están a tiempo. Seguramente ya pagaron su entrada, pero qué tanto, al fin de cuentas es el Gaumont y no puede haber costado más de 6 pesos. Váyanse, no se queden a ver esto. No, no tienen por qué soportar a la insufrible Inés Efron, ni comerse esta historia inverosímil, minutos y minutos de tragedia y melodrama que no conmueven a nadie. No, no se queden acá, lo único rescatable es Emme y quizás la aparición de Arnaldo André. Pero no alcanza, ni ahí. Huele a robo a Trapero, huele a quiero-pero-no-puedo-ser-como-Lucrecia. El niño pez hace daño, y no lo digo por el que aparece en la pantalla, cual Chucky a la criolla, sino por la película en sí misma, por la sensación densa y fastidiosa que te deja. Así que mejor salgan del cine ahora, aprovechen los barcitos nuevos sobre Callao, cómanse unas empanadas en La Americana, o vayan a caminar por Corrientes. Es mejor quedarse afuera.