sábado, 20 de junio de 2009

Extraños en un tren

Ella va con uniforme de colegio privado. Está parada junto a la fila de asientos. Lee un libro sobre el Che Guevara. El subte está repleto. Aparece el tipo. Unos cuarenta años, escuálido, canoso, barba de varios días. Tantea en el aire buscando uno de esos aros de plástico para agarrarse. Remera manga corta, de una banda de rock. Las venas inflamadas sobresalen de sus brazos. Lleva un libro en la mano. Una autobiografía de Lito Nebbia.
La chica del uniforme está concentrada en su lectura. El tipo se va acercado. Busca un hueco de comodidad entre la gente apretujada. Se desplaza de a poco, como un reptil. Queda justo al lado de ella. La mira. Al principio. Después no. Cierra los ojos. Los vuelve a abrir. Deja caer su brazo despacio, muy despacio. Los músculos se esfuerzan por llegar. Los dedos raquíticos parecen rozar la pierna de ella. Nada más que tensión en todo el cuerpo del tipo. Apoya la frente sobre el brazo con el que se sostiene. Toma aire, lo suelta. La frente transpirada. El tren para en la estación y la chica mira hacia fuera. Se da vuelta. El tipo la sigue con la mirada. Gira el cuerpo. Ella lo mira de reojo y sigue leyendo. Él se queda inmóvil. Después, vuelve a extender el brazo. Insiste con la mano. La estira en movimientos lentos hasta lograr sentir apenas su piel. Una y otra vez. Su cara se transforma. Sufrimiento y placer.
Ella se corre unos centímetros. Acomoda su bolso. Cambia de mano el libro. Él arremete de nuevo. La mano luchando por el contacto. Ella baja la mirada. El subte llega a la siguiente parada. Ella sale de golpe, haciéndose camino entre la gente. Las puertas se cierran. El tren arranca. El tipo sigue en la misma posición, el brazo extendido y la cara hacia el costado. Los ojos cerrados. Sus dedos moviéndose muy lentamente en el espacio vacío.