martes, 25 de agosto de 2009

tu nombre en un grano de arroz

ella salió pensando
que solo se trataba
de hacer sociales
pero le ganó el ritmo
y pisó la pista
atrevete-te-te
de la mano de un falso
ricardo arjona
una señora bien explicó
que no podía escuchar
ninguna canción
que tuviera platillos
después ya tarde
sin campera y sin saquito
ella
habló con un morocho
muy alto y muy largo
que quiso saber
el significado de su nombre
no supo qué decirle
aunque le hubiese gustado
aclarar
que era de origen latino
amigota de afrodita
todo mal con apolo
prima lejana de artemisa
igual no hizo falta
el morocho y ella reían
y si era por hacer sociales
la noche ya estaba
encendida.

lunes, 24 de agosto de 2009

repeat repeat repeat repeat

escuchar y cantar
y cantar y escuchar
y cantar
alto más alto
todo el día escuchando
esta canción

martes, 11 de agosto de 2009

Chica de ciudad

Cómo me gustan

las ciudades

las que conozco

y las que no

las que imagino

las que me contó el cine

las que me invento.

Me acuerdo,

cuánto me gustan

las que visité

con pies de viajera

ingenua y desprevenida,

las que me esperan

entre luces y multitudes.

Cuánto me gustan

me encantan

incluso una al norte

pegada al mediterráneo

que en cuestión de meses

me hizo volver

diez años más vieja.

Me gusta Buenos Aires

más que ninguna otra

perderme en un barrio

que todavía no conozco

andar en auto por Barracas

y descubrir murales

escondidos

ir a paso lento por Almagro

a encontrarme con un amante

mientras pienso en otro

el que de verdad

me importa,

tanto me gusta

esta ciudad de furia.

Pero todavía tengo que pisar

el suelo de Lima

y el empedrado de Montevideo

quiero viajar sin rumbo

en un subte de Tokyo

espero ver Nueva York

con los ojos manchados

de Woody Allen

y con los ojos húmedos

del llanto banal

(y tan profundo)

después de ver a Carrie

volver sola a casa

cuando Big la deja

(una vez más).

Así que lo admito

no me molesta

si alguien me dice

que soy

una chica

de ciudad.

sábado, 8 de agosto de 2009

Hoy

ella decidió

que así no va la cosa

las sutilezas no están

de su parte

hoy

compró ropa nueva

en puestitos

con onda

y caminó del brazo

con una amiga

siempre del lado derecho

hoy

ella pensó en todas las cosas

que es como decir

en una misma cosa

y al final

decidió

que no es bueno

estar siempre

a merced.

(como si fuera tan fácil)


(y por último resolvió escuchar siete veces esta canción)

viernes, 7 de agosto de 2009

Jueves, de noche

No sé si llevar los zapatos que me prestaron. Me quedan chicos. Además, esta noche no creo que baile demasiado. Los jueves no es lo mismo, no conozco a nadie. Y mañana tengo que estar despierta a las ocho. Me quedo sentada en la cama mirando los zapatos, me empiezo a morder las uñas. Lo que queda. Suena el timbre del departamento de enfrente. Bueno, ya está, voy en zapatillas. Agarro el bolso y salgo. Abro la puerta. Me estoy olvidando el teléfono, como siempre. Vuelvo a buscarlo. Camino por el pasillo hasta el ascensor, que está subiendo. Se abre la puerta y baja un tipo, trajeado, maletín de cuero, impecable. Mientras nos cruzamos me dice, con la boca torcida, mamita, qué linda qué estás. El ascensor se cierra y veo mi cara resignada en el espejo. Cosas que pasan, cuando en tu departamento vecino hay gente trabajando para el rubro 59.

Salgo a la calle, hace más frío del que esperaba. Y eso que miré la página del servicio meteorológico antes de salir. El veranito se está terminando y me niego a aceptarlo. Camino por Sarmiento, mejor voy a tomar el colectivo cruzando Corrientes. A esta hora Libertad es una larga persiana metálica y no hay un alma. Avanzo rápido hasta llegar a la parada del 39. Tiene que venir el 3, el del cartel rojo. Ahí quieta, esperando, no puedo sacar la vista de la entrada de Edelweiss. Me fascina ese lugar. Primero, el cartel luminoso. Zum Edelweiss. Qué querrá decir. Una vez me dijeron que era una flor. A mí me suena a jugo de algo, pero estoy segura que debe ser otra cosa. Es imposible ver hacia adentro, las puertas y las ventanas están cubiertas de vidrios esmerilados de colores. Será que los famosos no quieren que los vean masticando, sin hacer dieta, poniéndose en pedo. Si hubiese una ventana común y corriente, desde la calle podría ver a Nacha Guevara comiendo un plato de ravioles con tuco y pesto. Todavía no entiendo cómo hace para estar tan joven. La cara, bueno, está toda operada, pero las manos. Me miro las mías. Qué espanto. Un mozo sale a fumar y trato de espiar por la puerta entreabierta. Nada, se cierra enseguida. Escucho ruido a bondi y menos mal que me di cuenta, justo es el mío.

Subo al colectivo y busco mi asiento preferido. Está libre, por suerte. Atrás, al medio, los que están más altos. Si hay algo que me molesta es que el marco metálico de la ventana me corte el plano por la mitad. Necesito ver a pantalla completa. El 39 arranca por Libertad a toda velocidad y enseguida estamos dando la vuelta por Marcelo T. La calle de las peluquerías. Me acuerdo cuando Vale me mandó a cortarme el pelo a una que era muy barata, no se acordaba el nombre, y yo me metí en la peluquería más cool de la cuadra, encandilada por los sillones pop y las paredes naranja rabioso. Me hice la planchita y me salió más caro que una cena en Puerto Madero. Para colmo, el peluquero me tiraba los galgos. ¿Cómo era posible? No entendía nada, los peluqueros son gays y punto. Lo normal es que te corten más de la cuenta, que te digan que te parecés a alguna famosa con onda, qué pelo divino, me encanta tu color, nunca te lo teñiste, ¿no?

Cada vez tengo menos ganas de llegar a La Viruta. Me doy cuenta que si sigo yendo es porque Vale insiste. Me divierto un rato pero dura poco. Después me sacan a bailar señores de la edad de mi papá que se enojan cuando pongo el pie donde no debo, y me critican porque no me dejo llevar, como ellos dicen. Dejate llevar, piba, dejate llevar. En la esquina de Pueyrredón veo una pareja de unos cuarenta años, los dos vestidos de negro de pies a cabeza. Ella sostiene un racimo de globos de colores. Parecen salidos de un casting, quizás probaban gente para comerciales de analgésicos y también de Levité. Se los ve felices. Me dan ganas de bajar y ponerme a hablar con ellos.

El 39 ahora pasa por la puerta de un sanatorio que no conozco. Amaga a frenar y me quedo mirando la pantalla de TN, que amenaza desde la altura a los pocos que están sentados en la sala de espera. Pero el colectivo arranca enseguida y no alcanzo a leer bien lo que dice. Las letras blancas sobre fondo rojo y azul. Maradona volcó en Panamá. O Raikkonen volcó en Canadá. ¿Será posible? Si hubiese sido Maradona, ya se habría parado el tráfico. Me imagino el día que se muera. Se va a parar el país. Nadie va a ir a trabajar, cierra el Congreso, funerales de estado. Cuando tenía seis años fui a la puerta de su casa, que estaba a pocas cuadras de la mía, en Devoto, y me metí en el tumulto a gritar y saltar por los campeones del mundo. No sé quién me habrá llevado, porque a mi viejo nunca le gustó Maradona, y mi mamá odia el fútbol. Capaz que se dejaron contagiar por la alegría del barrio, de la ciudad, del país, y decidieron ir a festejar como todos los demás.

Hace más de tres semanas que no voy a la milonga, espero acordarme de algo. El básico lo tengo, pero al paso que voy no salgo más del nivel principiantes. Repaso mentalmente los movimientos, con los ojos cerrados y desplazando los pies mientras el cuerpo se queda quieto en el asiento. En la primera parada sobre Coronel Díaz sube una chica de pelo corto platinado y ojos saltones. Creo que la conozco de las clases de tango. Me mira y yo la saludo con la cabeza, pero no responde.

Llegando a Palermo, nadie sube ni baja del 39 y a la velocidad que va por Honduras no me da tiempo a ver la puerta de ese boliche raro, donde hace muchos años me besaba con mi primer novio oficial. Pasó tanto tiempo que parece otra vida. Pero todavía me acuerdo, estaba tan enamorada. Ya me tengo que bajar.

Camino por Armenia. Tengo hambre. Me gustaría parar y comer algo. Llego a la esquina de La Viruta, y espero el semáforo. Un taxista baila reggaeton dentro del auto, moviéndose a ritmo y cantando como una quinceañera. Se acerca un chico de pelo enrulado, larguísimo, lleno de aros, piercings y tatuajes. Campera de cuero con tachas y un jean agujereado. Le hace señas al taxista, que se arrima al cordón. El volumen de la música en el auto se mantiene y el taxi arranca con el heavy metal a bordo. Cruzo y ya estoy llegando.

Afuera hay bastante gente que salió a fumar. Valeria todavía no llegó, quedamos en vernos en la puerta. Me quedo esperando y veo llegar a la chica platinada que venía en el colectivo conmigo. Hola, cómo andás, me dice al pasar mientras se va para adentro. Prendo un cigarrillo para matar el hambre. El sonido de la calle se enrarece, se van mezclando las voces en inglés, en francés, en argentino, con la música que llega desde adentro. Deben estar en la previa porque suenan los Cadillacs. Tengo ganas de irme. Empiezo a pensar qué mensaje mandarle a Vale como excusa, cuando la escucho gritarme desde la vereda de enfrente. ¡Llegué, llegué, acá estoy! Me dice, ¿entramos? Traje un par de zapatos para vos.