No sé si llevar los zapatos que me prestaron. Me quedan chicos. Además, esta noche no creo que baile demasiado. Los jueves no es lo mismo, no conozco a nadie. Y mañana tengo que estar despierta a las ocho. Me quedo sentada en la cama mirando los zapatos, me empiezo a morder las uñas. Lo que queda. Suena el timbre del departamento de enfrente. Bueno, ya está, voy en zapatillas. Agarro el bolso y salgo. Abro la puerta. Me estoy olvidando el teléfono, como siempre. Vuelvo a buscarlo. Camino por el pasillo hasta el ascensor, que está subiendo. Se abre la puerta y baja un tipo, trajeado, maletín de cuero, impecable. Mientras nos cruzamos me dice, con la boca torcida, mamita, qué linda qué estás. El ascensor se cierra y veo mi cara resignada en el espejo. Cosas que pasan, cuando en tu departamento vecino hay gente trabajando para el rubro 59.
Salgo a la calle, hace más frío del que esperaba. Y eso que miré la página del servicio meteorológico antes de salir. El veranito se está terminando y me niego a aceptarlo. Camino por Sarmiento, mejor voy a tomar el colectivo cruzando Corrientes. A esta hora Libertad es una larga persiana metálica y no hay un alma. Avanzo rápido hasta llegar a la parada del 39. Tiene que venir el 3, el del cartel rojo. Ahí quieta, esperando, no puedo sacar la vista de la entrada de Edelweiss. Me fascina ese lugar. Primero, el cartel luminoso. Zum Edelweiss. Qué querrá decir. Una vez me dijeron que era una flor. A mí me suena a jugo de algo, pero estoy segura que debe ser otra cosa. Es imposible ver hacia adentro, las puertas y las ventanas están cubiertas de vidrios esmerilados de colores. Será que los famosos no quieren que los vean masticando, sin hacer dieta, poniéndose en pedo. Si hubiese una ventana común y corriente, desde la calle podría ver a Nacha Guevara comiendo un plato de ravioles con tuco y pesto. Todavía no entiendo cómo hace para estar tan joven. La cara, bueno, está toda operada, pero las manos. Me miro las mías. Qué espanto. Un mozo sale a fumar y trato de espiar por la puerta entreabierta. Nada, se cierra enseguida. Escucho ruido a bondi y menos mal que me di cuenta, justo es el mío.
Subo al colectivo y busco mi asiento preferido. Está libre, por suerte. Atrás, al medio, los que están más altos. Si hay algo que me molesta es que el marco metálico de la ventana me corte el plano por la mitad. Necesito ver a pantalla completa. El 39 arranca por Libertad a toda velocidad y enseguida estamos dando la vuelta por Marcelo T. La calle de las peluquerías. Me acuerdo cuando Vale me mandó a cortarme el pelo a una que era muy barata, no se acordaba el nombre, y yo me metí en la peluquería más cool de la cuadra, encandilada por los sillones pop y las paredes naranja rabioso. Me hice la planchita y me salió más caro que una cena en Puerto Madero. Para colmo, el peluquero me tiraba los galgos. ¿Cómo era posible? No entendía nada, los peluqueros son gays y punto. Lo normal es que te corten más de la cuenta, que te digan que te parecés a alguna famosa con onda, qué pelo divino, me encanta tu color, nunca te lo teñiste, ¿no?
Cada vez tengo menos ganas de llegar a
El 39 ahora pasa por la puerta de un sanatorio que no conozco. Amaga a frenar y me quedo mirando la pantalla de TN, que amenaza desde la altura a los pocos que están sentados en la sala de espera. Pero el colectivo arranca enseguida y no alcanzo a leer bien lo que dice. Las letras blancas sobre fondo rojo y azul. Maradona volcó en Panamá. O Raikkonen volcó en Canadá. ¿Será posible? Si hubiese sido Maradona, ya se habría parado el tráfico. Me imagino el día que se muera. Se va a parar el país. Nadie va a ir a trabajar, cierra el Congreso, funerales de estado. Cuando tenía seis años fui a la puerta de su casa, que estaba a pocas cuadras de la mía, en Devoto, y me metí en el tumulto a gritar y saltar por los campeones del mundo. No sé quién me habrá llevado, porque a mi viejo nunca le gustó Maradona, y mi mamá odia el fútbol. Capaz que se dejaron contagiar por la alegría del barrio, de la ciudad, del país, y decidieron ir a festejar como todos los demás.
Hace más de tres semanas que no voy a la milonga, espero acordarme de algo. El básico lo tengo, pero al paso que voy no salgo más del nivel principiantes. Repaso mentalmente los movimientos, con los ojos cerrados y desplazando los pies mientras el cuerpo se queda quieto en el asiento. En la primera parada sobre Coronel Díaz sube una chica de pelo corto platinado y ojos saltones. Creo que la conozco de las clases de tango. Me mira y yo la saludo con la cabeza, pero no responde.
Llegando a Palermo, nadie sube ni baja del 39 y a la velocidad que va por Honduras no me da tiempo a ver la puerta de ese boliche raro, donde hace muchos años me besaba con mi primer novio oficial. Pasó tanto tiempo que parece otra vida. Pero todavía me acuerdo, estaba tan enamorada. Ya me tengo que bajar.
Camino por Armenia. Tengo hambre. Me gustaría parar y comer algo. Llego a la esquina de
Afuera hay bastante gente que salió a fumar. Valeria todavía no llegó, quedamos en vernos en la puerta. Me quedo esperando y veo llegar a la chica platinada que venía en el colectivo conmigo. Hola, cómo andás, me dice al pasar mientras se va para adentro. Prendo un cigarrillo para matar el hambre. El sonido de la calle se enrarece, se van mezclando las voces en inglés, en francés, en argentino, con la música que llega desde adentro. Deben estar en la previa porque suenan los Cadillacs. Tengo ganas de irme. Empiezo a pensar qué mensaje mandarle a Vale como excusa, cuando la escucho gritarme desde la vereda de enfrente. ¡Llegué, llegué, acá estoy! Me dice, ¿entramos? Traje un par de zapatos para vos.
2 comentarios:
me quedó picando la escena del tipo del maletín. Hay material en potencia,ummm, si señor
será la continuación? quizás, para el jueves, de trasnoche...
Saludos!
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