Lucía sonríe. Le gusta lo que ve, le calienta lo que ve. Primero que nada los brazos. Esa forma que él tiene de ponerlos encima de la cabeza. Parece musculoso, pero sin exagerar. Tiene la medida justa de pelo en las axilas. Puede sentir el olor de su cuerpo mezclado con el desodorante de turno. Ni hablar de las manos. Lucía puede sentirlas, recorriéndole las plantas de los pies. Lo ve sin la remera, con esa panza incipiente que a ella la excita casi tanto como le irrita a él. Su cuerpo empieza a tensarse. Quiere besarlo. Le busca la boca, le mira cada detalle, como si no la conociera. La cara, el gesto, como si fuera la primera vez. Lucía piensa que es bastante feo en realidad, y se ríe. Las chicas tienen razón. Y sin embargo ella lo ve tan atractivo, diría casi que hermoso. Las manos de Lucía se rozan los pechos, bajan lentamente hasta quedar entre sus muslos. Ella sigue observando. Lo ve, con su sonrisa forzada, y puede escucharlo diciéndole amore, amore mío, para después cagarse de risa. Lucía se saca la sábana con los pies y empieza a tocarse muy despacio. Le gustaría cerrar los ojos pero necesita seguir mirándolo. Escucha la llave de luz del baño. Se sobresalta. Quiere seguir pero sabe que mejor no. No tiene sentido, sería algo mecánico y vacío si él la viera. Oye los pasos acercándose por el pasillo. Guarda la foto en el cajón de la mesa de luz y vuelve a taparse, un poco agitada. Hernán entra al cuarto en calzoncillos y chorreando. Se acuesta en la cama así, todo mojado. Lucía se aleja hacia su borde de la cama. No aguanto más este calor, dice Hernán. Lucía se queda callada.
─ En un rato me ducho de nuevo, ¿vos qué hacías?
─ Nada.
─ Mentira. Te vi cerrar el cajón cuando entré. ¿Qué escondiste ahí, pendeja? – pregunta Hernán en tono de burla.
─ ¿La foto de un amante? ¿Una carta de amor?
─ Qué pelotudo. ─ Lucía hace una pausa. ─ Bueno, en realidad sí, algo así.
A Hernán le cambia la cara y se le borra la sonrisa.
─ Me estás cargando, ¿no?
Lucía se levanta de la cama y sale de la habitación. Habla gritando desde el pasillo.
─ Voy a darme un baño, dejame tranquila un rato.
Hernán se cruza en la cama y abre el cajón de Lucía. Mira sin entender. El de la foto es él. Tres años atrás, con mucha menos panza, el pelo más largo y unas bermudas imperdonables. Quiere acordarse dónde le sacaron la foto y no puede. Pero cree entender. Tenía tres años menos y con Lucía recién empezaban a salir. Iban juntos a todos lados, cogían como conejos, discutían horas sobre cosas que no le importaban a nadie. Ni pensaban en casarse, pero estaban seguros que iba a ser para toda la vida. Se hicieron promesas en Villa Gesell, en Villa Crespo, en el 146, en la cola del chino, en la rotisería de la vuelta. Ahora tampoco estaban casados, y había pasado un tiempo, aunque no era tanto. Tres años después ella seguía enamorada, pero de otro tipo. Hernán se acomoda el calzoncillo y se seca la transpiración de la frente con la funda de la almohada. El departamento está en silencio. No se oye el agua cayendo en la ducha. El pasillo está oscuro. El calor se vuelve insoportable. Hernán necesita sentir el contacto con el agua. No quiere enfrentarse con Lucía, pero se levanta para salir de la habitación. Llega hasta la puerta, va a dar un paso. Algo lo frena. La puerta entreabierta del baño, la luz apagada, un gemido, placer o dolor, en la voz de Lucía.
2 comentarios:
Buenísimo. Pero me gusta más el otro, a pesar de todo
En serio? El del aeropuerto? Ahh, qué decirle, igual no cumplí la consigna, prueba no superada! La que viene la rompo! :) Saludos!
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