sábado, 18 de julio de 2009

cinco siglos igual

Ya en la puerta se alzan algunas voces críticas dentro del grupo: este lugar es muy caro. Una pareja que sale de cenar nos escucha discutir mientras decidimos. Entre los dos se aseguran de convencernos. No, tranquilos, si los platos se comparten, máximo 40 por cabeza. Ahora estoy segura que eran actores, contratados especialmente con el fin de atraer a los clientes indecisos como nosotros. Un gallego simpático nos hace pasar, aún cuando no hemos terminado de ponernos de acuerdo. Entramos y nos ubicamos en una mesa para ocho que parece estar preparada, esperándonos. Alguien dice: “rabas”, y antes de que podamos terminar de acomodarnos, aterrizan dos bandejas sobre la mesa. ¿Vino? ¿Tinto? ¿Norton? ¿Cabernet? Ya sale!!!, dice don Pepe, o sea cual fuese su verdadero nombre. Gran conspirador, ideólogo, estratega de toda nuestra cena. Enseguida reparte menúes para todos, a una velocidad desconcertante. La carta está repleta de platos, atiborrada de letras y colores, satura el estómago y la vista. ¿Cómo elegir algo entre tanta información? Por supuesto, es claro. La única solución es que el mozo decida por usted. A cada comensal, Don Pepe le pregunta: ¿paella? Todos asentimos, con miedo, sumisos, como chicos frente a una madre enojada, como miembros de la masa fascinados por un líder carismático. Se llevan los platos de las rabas, se llevan botellas vacías. Don Pepe ataca de nuevo. ¿Más agua? Una con gas, dos sin, ¿otra coca? Se vació el Norton ¿marchamos otro? A todo decimos que sí, a nada decimos que no. Viene la paella, poco arroz, mucho marisco, pollo, arvejas, los platos desbordan. Comemos felices, todavía nadie se dio cuenta de la gran conspiración de la que somos víctimas. Brindamos, cantamos un feliz cumpleaños. Hace calor y no se puede fumar, pero así y todo no me levanto a tomar aire. Algo me aferra a la silla. Y es lo mismo con los otros siete. Sobremesa, conversamos. Un segundón de don Pepe impone de nuevo las cartas en la mesa vacía, ¿un postre, un postrecito, algo dulce, gusta un postre? En ésa no caemos. Quizás porque hemos empezado a sospechar lo que sucede, aunque todos actuamos como si nada. Seguimos charlando, un poco tensos, con ese miedo que se comparte porque se sabe y no se dice. Alguien pide la cuenta. No sé cuándo sucede, supongo me distraje hablando con otro. La recibe el de la punta, pobrecito, mejor ni decir su nombre. Don Pepe ha desaparecido. Ahora gobierna el segundón. Es como si fuese la conquista de América y Hernán Cortés, una vez tomada la ciudad, se retirase a disfrutar de la victoria dejando a sus soldados ocuparse de los indios. El soldadito deja el ticket y nosotros, que fuimos encandilados por sus espejitos de colores, ahora vemos claro: tenemos que poner varios cientos de pesos para que nos dejen salir de ahí. Empiezan las cuentas, las billeteras se vacían, prestame, te debo, dame cambio. El segundón se lleva todo. Ni nos saluda. De Cortés, ni noticias, no vuelve a aparecer. Salimos, en silencio, a la ciudad vacía. Nos despedimos y cada uno por su lado. Me voy caminando a casa, pensando en Cortés. Miro entre los autos, a través las ventanas de los edificios. Lo busco. A ver si lo descubro en su guarida. A ver si aparece, el conquistador.

5 comentarios:

Analía dijo...

Es un texto realmente emotivo. Lo leo y lloro. Lloro parada porque no puedo sentarme, pero lloro.-

Ojaral dijo...

Ventajas de salir corriendo para tomar el tren, no?

mario skan dijo...

Escrache ya¡¡ni olvido ni perdón para el vendedor de lentejuelas. Pero, valió la guita?

tanto amor empalaga dijo...

che, me lo perdí. buen relato!
besos.

emmaysushermanas dijo...

Analía: espero recupere su habilidad de sentarse para el viernes. Nos sentaremos y comeremos la pizza de siempre. Esto demuestra que los cambios no siempre son buenos...

Ojaral: considérese una persona muy afortunada por vivir lejos de congreso!

Mariano: coincido en lo del escrache, encima la verdad no valió tanto la plata... snif

Taparoja: agradecé que te lo perdiste! beso