martes, 11 de agosto de 2009

Chica de ciudad

Cómo me gustan

las ciudades

las que conozco

y las que no

las que imagino

las que me contó el cine

las que me invento.

Me acuerdo,

cuánto me gustan

las que visité

con pies de viajera

ingenua y desprevenida,

las que me esperan

entre luces y multitudes.

Cuánto me gustan

me encantan

incluso una al norte

pegada al mediterráneo

que en cuestión de meses

me hizo volver

diez años más vieja.

Me gusta Buenos Aires

más que ninguna otra

perderme en un barrio

que todavía no conozco

andar en auto por Barracas

y descubrir murales

escondidos

ir a paso lento por Almagro

a encontrarme con un amante

mientras pienso en otro

el que de verdad

me importa,

tanto me gusta

esta ciudad de furia.

Pero todavía tengo que pisar

el suelo de Lima

y el empedrado de Montevideo

quiero viajar sin rumbo

en un subte de Tokyo

espero ver Nueva York

con los ojos manchados

de Woody Allen

y con los ojos húmedos

del llanto banal

(y tan profundo)

después de ver a Carrie

volver sola a casa

cuando Big la deja

(una vez más).

Así que lo admito

no me molesta

si alguien me dice

que soy

una chica

de ciudad.

sábado, 8 de agosto de 2009

Hoy

ella decidió

que así no va la cosa

las sutilezas no están

de su parte

hoy

compró ropa nueva

en puestitos

con onda

y caminó del brazo

con una amiga

siempre del lado derecho

hoy

ella pensó en todas las cosas

que es como decir

en una misma cosa

y al final

decidió

que no es bueno

estar siempre

a merced.

(como si fuera tan fácil)


(y por último resolvió escuchar siete veces esta canción)

viernes, 7 de agosto de 2009

Jueves, de noche

No sé si llevar los zapatos que me prestaron. Me quedan chicos. Además, esta noche no creo que baile demasiado. Los jueves no es lo mismo, no conozco a nadie. Y mañana tengo que estar despierta a las ocho. Me quedo sentada en la cama mirando los zapatos, me empiezo a morder las uñas. Lo que queda. Suena el timbre del departamento de enfrente. Bueno, ya está, voy en zapatillas. Agarro el bolso y salgo. Abro la puerta. Me estoy olvidando el teléfono, como siempre. Vuelvo a buscarlo. Camino por el pasillo hasta el ascensor, que está subiendo. Se abre la puerta y baja un tipo, trajeado, maletín de cuero, impecable. Mientras nos cruzamos me dice, con la boca torcida, mamita, qué linda qué estás. El ascensor se cierra y veo mi cara resignada en el espejo. Cosas que pasan, cuando en tu departamento vecino hay gente trabajando para el rubro 59.

Salgo a la calle, hace más frío del que esperaba. Y eso que miré la página del servicio meteorológico antes de salir. El veranito se está terminando y me niego a aceptarlo. Camino por Sarmiento, mejor voy a tomar el colectivo cruzando Corrientes. A esta hora Libertad es una larga persiana metálica y no hay un alma. Avanzo rápido hasta llegar a la parada del 39. Tiene que venir el 3, el del cartel rojo. Ahí quieta, esperando, no puedo sacar la vista de la entrada de Edelweiss. Me fascina ese lugar. Primero, el cartel luminoso. Zum Edelweiss. Qué querrá decir. Una vez me dijeron que era una flor. A mí me suena a jugo de algo, pero estoy segura que debe ser otra cosa. Es imposible ver hacia adentro, las puertas y las ventanas están cubiertas de vidrios esmerilados de colores. Será que los famosos no quieren que los vean masticando, sin hacer dieta, poniéndose en pedo. Si hubiese una ventana común y corriente, desde la calle podría ver a Nacha Guevara comiendo un plato de ravioles con tuco y pesto. Todavía no entiendo cómo hace para estar tan joven. La cara, bueno, está toda operada, pero las manos. Me miro las mías. Qué espanto. Un mozo sale a fumar y trato de espiar por la puerta entreabierta. Nada, se cierra enseguida. Escucho ruido a bondi y menos mal que me di cuenta, justo es el mío.

Subo al colectivo y busco mi asiento preferido. Está libre, por suerte. Atrás, al medio, los que están más altos. Si hay algo que me molesta es que el marco metálico de la ventana me corte el plano por la mitad. Necesito ver a pantalla completa. El 39 arranca por Libertad a toda velocidad y enseguida estamos dando la vuelta por Marcelo T. La calle de las peluquerías. Me acuerdo cuando Vale me mandó a cortarme el pelo a una que era muy barata, no se acordaba el nombre, y yo me metí en la peluquería más cool de la cuadra, encandilada por los sillones pop y las paredes naranja rabioso. Me hice la planchita y me salió más caro que una cena en Puerto Madero. Para colmo, el peluquero me tiraba los galgos. ¿Cómo era posible? No entendía nada, los peluqueros son gays y punto. Lo normal es que te corten más de la cuenta, que te digan que te parecés a alguna famosa con onda, qué pelo divino, me encanta tu color, nunca te lo teñiste, ¿no?

Cada vez tengo menos ganas de llegar a La Viruta. Me doy cuenta que si sigo yendo es porque Vale insiste. Me divierto un rato pero dura poco. Después me sacan a bailar señores de la edad de mi papá que se enojan cuando pongo el pie donde no debo, y me critican porque no me dejo llevar, como ellos dicen. Dejate llevar, piba, dejate llevar. En la esquina de Pueyrredón veo una pareja de unos cuarenta años, los dos vestidos de negro de pies a cabeza. Ella sostiene un racimo de globos de colores. Parecen salidos de un casting, quizás probaban gente para comerciales de analgésicos y también de Levité. Se los ve felices. Me dan ganas de bajar y ponerme a hablar con ellos.

El 39 ahora pasa por la puerta de un sanatorio que no conozco. Amaga a frenar y me quedo mirando la pantalla de TN, que amenaza desde la altura a los pocos que están sentados en la sala de espera. Pero el colectivo arranca enseguida y no alcanzo a leer bien lo que dice. Las letras blancas sobre fondo rojo y azul. Maradona volcó en Panamá. O Raikkonen volcó en Canadá. ¿Será posible? Si hubiese sido Maradona, ya se habría parado el tráfico. Me imagino el día que se muera. Se va a parar el país. Nadie va a ir a trabajar, cierra el Congreso, funerales de estado. Cuando tenía seis años fui a la puerta de su casa, que estaba a pocas cuadras de la mía, en Devoto, y me metí en el tumulto a gritar y saltar por los campeones del mundo. No sé quién me habrá llevado, porque a mi viejo nunca le gustó Maradona, y mi mamá odia el fútbol. Capaz que se dejaron contagiar por la alegría del barrio, de la ciudad, del país, y decidieron ir a festejar como todos los demás.

Hace más de tres semanas que no voy a la milonga, espero acordarme de algo. El básico lo tengo, pero al paso que voy no salgo más del nivel principiantes. Repaso mentalmente los movimientos, con los ojos cerrados y desplazando los pies mientras el cuerpo se queda quieto en el asiento. En la primera parada sobre Coronel Díaz sube una chica de pelo corto platinado y ojos saltones. Creo que la conozco de las clases de tango. Me mira y yo la saludo con la cabeza, pero no responde.

Llegando a Palermo, nadie sube ni baja del 39 y a la velocidad que va por Honduras no me da tiempo a ver la puerta de ese boliche raro, donde hace muchos años me besaba con mi primer novio oficial. Pasó tanto tiempo que parece otra vida. Pero todavía me acuerdo, estaba tan enamorada. Ya me tengo que bajar.

Camino por Armenia. Tengo hambre. Me gustaría parar y comer algo. Llego a la esquina de La Viruta, y espero el semáforo. Un taxista baila reggaeton dentro del auto, moviéndose a ritmo y cantando como una quinceañera. Se acerca un chico de pelo enrulado, larguísimo, lleno de aros, piercings y tatuajes. Campera de cuero con tachas y un jean agujereado. Le hace señas al taxista, que se arrima al cordón. El volumen de la música en el auto se mantiene y el taxi arranca con el heavy metal a bordo. Cruzo y ya estoy llegando.

Afuera hay bastante gente que salió a fumar. Valeria todavía no llegó, quedamos en vernos en la puerta. Me quedo esperando y veo llegar a la chica platinada que venía en el colectivo conmigo. Hola, cómo andás, me dice al pasar mientras se va para adentro. Prendo un cigarrillo para matar el hambre. El sonido de la calle se enrarece, se van mezclando las voces en inglés, en francés, en argentino, con la música que llega desde adentro. Deben estar en la previa porque suenan los Cadillacs. Tengo ganas de irme. Empiezo a pensar qué mensaje mandarle a Vale como excusa, cuando la escucho gritarme desde la vereda de enfrente. ¡Llegué, llegué, acá estoy! Me dice, ¿entramos? Traje un par de zapatos para vos.

sábado, 25 de julio de 2009

domingo, 19 de julio de 2009

qué otra cosa vas a hacer?

esta noche 22 hs

revistas coelho inconfesables córdoba interpretadores mujeres asesinos
zeppelin retornables comunidades confesiones asuntos
noticias malones abandonos rock bloggers

escuchá!!!



sábado, 18 de julio de 2009

cinco siglos igual

Ya en la puerta se alzan algunas voces críticas dentro del grupo: este lugar es muy caro. Una pareja que sale de cenar nos escucha discutir mientras decidimos. Entre los dos se aseguran de convencernos. No, tranquilos, si los platos se comparten, máximo 40 por cabeza. Ahora estoy segura que eran actores, contratados especialmente con el fin de atraer a los clientes indecisos como nosotros. Un gallego simpático nos hace pasar, aún cuando no hemos terminado de ponernos de acuerdo. Entramos y nos ubicamos en una mesa para ocho que parece estar preparada, esperándonos. Alguien dice: “rabas”, y antes de que podamos terminar de acomodarnos, aterrizan dos bandejas sobre la mesa. ¿Vino? ¿Tinto? ¿Norton? ¿Cabernet? Ya sale!!!, dice don Pepe, o sea cual fuese su verdadero nombre. Gran conspirador, ideólogo, estratega de toda nuestra cena. Enseguida reparte menúes para todos, a una velocidad desconcertante. La carta está repleta de platos, atiborrada de letras y colores, satura el estómago y la vista. ¿Cómo elegir algo entre tanta información? Por supuesto, es claro. La única solución es que el mozo decida por usted. A cada comensal, Don Pepe le pregunta: ¿paella? Todos asentimos, con miedo, sumisos, como chicos frente a una madre enojada, como miembros de la masa fascinados por un líder carismático. Se llevan los platos de las rabas, se llevan botellas vacías. Don Pepe ataca de nuevo. ¿Más agua? Una con gas, dos sin, ¿otra coca? Se vació el Norton ¿marchamos otro? A todo decimos que sí, a nada decimos que no. Viene la paella, poco arroz, mucho marisco, pollo, arvejas, los platos desbordan. Comemos felices, todavía nadie se dio cuenta de la gran conspiración de la que somos víctimas. Brindamos, cantamos un feliz cumpleaños. Hace calor y no se puede fumar, pero así y todo no me levanto a tomar aire. Algo me aferra a la silla. Y es lo mismo con los otros siete. Sobremesa, conversamos. Un segundón de don Pepe impone de nuevo las cartas en la mesa vacía, ¿un postre, un postrecito, algo dulce, gusta un postre? En ésa no caemos. Quizás porque hemos empezado a sospechar lo que sucede, aunque todos actuamos como si nada. Seguimos charlando, un poco tensos, con ese miedo que se comparte porque se sabe y no se dice. Alguien pide la cuenta. No sé cuándo sucede, supongo me distraje hablando con otro. La recibe el de la punta, pobrecito, mejor ni decir su nombre. Don Pepe ha desaparecido. Ahora gobierna el segundón. Es como si fuese la conquista de América y Hernán Cortés, una vez tomada la ciudad, se retirase a disfrutar de la victoria dejando a sus soldados ocuparse de los indios. El soldadito deja el ticket y nosotros, que fuimos encandilados por sus espejitos de colores, ahora vemos claro: tenemos que poner varios cientos de pesos para que nos dejen salir de ahí. Empiezan las cuentas, las billeteras se vacían, prestame, te debo, dame cambio. El segundón se lleva todo. Ni nos saluda. De Cortés, ni noticias, no vuelve a aparecer. Salimos, en silencio, a la ciudad vacía. Nos despedimos y cada uno por su lado. Me voy caminando a casa, pensando en Cortés. Miro entre los autos, a través las ventanas de los edificios. Lo busco. A ver si lo descubro en su guarida. A ver si aparece, el conquistador.

acercamiento alejamiento

Lucía sonríe. Le gusta lo que ve, le calienta lo que ve. Primero que nada los brazos. Esa forma que él tiene de ponerlos encima de la cabeza. Parece musculoso, pero sin exagerar. Tiene la medida justa de pelo en las axilas. Puede sentir el olor de su cuerpo mezclado con el desodorante de turno. Ni hablar de las manos. Lucía puede sentirlas, recorriéndole las plantas de los pies. Lo ve sin la remera, con esa panza incipiente que a ella la excita casi tanto como le irrita a él. Su cuerpo empieza a tensarse. Quiere besarlo. Le busca la boca, le mira cada detalle, como si no la conociera. La cara, el gesto, como si fuera la primera vez. Lucía piensa que es bastante feo en realidad, y se ríe. Las chicas tienen razón. Y sin embargo ella lo ve tan atractivo, diría casi que hermoso. Las manos de Lucía se rozan los pechos, bajan lentamente hasta quedar entre sus muslos. Ella sigue observando. Lo ve, con su sonrisa forzada, y puede escucharlo diciéndole amore, amore mío, para después cagarse de risa. Lucía se saca la sábana con los pies y empieza a tocarse muy despacio. Le gustaría cerrar los ojos pero necesita seguir mirándolo. Escucha la llave de luz del baño. Se sobresalta. Quiere seguir pero sabe que mejor no. No tiene sentido, sería algo mecánico y vacío si él la viera. Oye los pasos acercándose por el pasillo. Guarda la foto en el cajón de la mesa de luz y vuelve a taparse, un poco agitada. Hernán entra al cuarto en calzoncillos y chorreando. Se acuesta en la cama así, todo mojado. Lucía se aleja hacia su borde de la cama. No aguanto más este calor, dice Hernán. Lucía se queda callada.

─ En un rato me ducho de nuevo, ¿vos qué hacías?

─ Nada.

─ Mentira. Te vi cerrar el cajón cuando entré. ¿Qué escondiste ahí, pendeja? – pregunta Hernán en tono de burla.
─ ¿La foto de un amante? ¿Una carta de amor?

─ Qué pelotudo. ─ Lucía hace una pausa. ─ Bueno, en realidad sí, algo así.

A Hernán le cambia la cara y se le borra la sonrisa.

─ Me estás cargando, ¿no?

Lucía se levanta de la cama y sale de la habitación. Habla gritando desde el pasillo.

─ Voy a darme un baño, dejame tranquila un rato.

Hernán se cruza en la cama y abre el cajón de Lucía. Mira sin entender. El de la foto es él. Tres años atrás, con mucha menos panza, el pelo más largo y unas bermudas imperdonables. Quiere acordarse dónde le sacaron la foto y no puede. Pero cree entender. Tenía tres años menos y con Lucía recién empezaban a salir. Iban juntos a todos lados, cogían como conejos, discutían horas sobre cosas que no le importaban a nadie. Ni pensaban en casarse, pero estaban seguros que iba a ser para toda la vida. Se hicieron promesas en Villa Gesell, en Villa Crespo, en el 146, en la cola del chino, en la rotisería de la vuelta. Ahora tampoco estaban casados, y había pasado un tiempo, aunque no era tanto. Tres años después ella seguía enamorada, pero de otro tipo. Hernán se acomoda el calzoncillo y se seca la transpiración de la frente con la funda de la almohada. El departamento está en silencio. No se oye el agua cayendo en la ducha. El pasillo está oscuro. El calor se vuelve insoportable. Hernán necesita sentir el contacto con el agua. No quiere enfrentarse con Lucía, pero se levanta para salir de la habitación. Llega hasta la puerta, va a dar un paso. Algo lo frena. La puerta entreabierta del baño, la luz apagada, un gemido, placer o dolor, en la voz de Lucía.

sábado, 11 de julio de 2009

esta noche!

palabras enredadas
domingos 22 hs
hoy: Hernán Ronsino presentando su novela "Glaxo"

jueves, 9 de julio de 2009

Multiculturalismo in Congreso

Que sería de mí

sin el supermercado chino

cruzando Entre Ríos.

Hubiese desperdiciado

ciento ochenta pesos

si no fuera por el zapatero

chileno

que me emparchó el descosido

de una bota Palermo Soho.

No habría llegado nunca

a las playas del Cabo

con mi shorcito agujereado

que arregló la costurera rusa

de la otra cuadra.

El verdulero santiagueño

bromea con Frida,

que es peruana,

y entre los dos intentan

que les dé mi teléfono

para engancharme con uno

con plata

que vive en mi mismo edificio.

Y todo eso

sin mencionar

que nunca tuve un lavarropas

y es el lavadero chino

sobre Moreno

el que me deja los blancos

cual blanco Ala

y los colores sin desteñir.

Ahora me parece

que me gustaría

tener un novio

extranjero.

sábado, 4 de julio de 2009

mañana!

Empieza palabras enredadas en ciclop radio!!!
Domingos de 22 a 23 hs
Conducen Marcela Marcelli y Marina Gersberg