Bajaron corriendo del taxi y subieron los cuatro pisos por escalera a una velocidad tal que los dejó sin aliento.
-No puedo creerlo -dijo ella-, ya se fueron a almorzar. (Todavía seguía sin entender esa relajada costumbre española de tomarse dos horas para comer, con religiosa puntualidad, de dos a cuatro de la tarde).
Se sentaron en los últimos escalones, dudando entre quedarse firmes ahí sin hacer nada durante dos horas, o irse a casa y volver más tarde. Él creía que no tenía sentido quedarse, pero ella no quería perder la oportunidad (después de todo, para algo se habían enloquecido para ganarles de mano a los otros que también habían salido corriendo). Discutieron. Finalmente acordaron dejar una nota debajo de la puerta, con letras enormes y remarcadas, pidiendo que por favor los llamaran, asegurando que habían sido los primeros en llegar y que querían alquilar el piso que les habían mostrado esa mañana en la Ronda Sant Antoni. Después se fueron.
El teléfono sonó apenas pasadas las cuatro y otra vez los dos corrieron hasta la inmobiliaria de la calle Córsega. Subieron nuevamente hasta el tercero primera y esta vez la puerta estaba abierta. Nadie los recibió. Extrañados, se sentaron en la sala de espera junto a otras personas.
-Esto parece la escenografía de una telenovela venezolana -dijo ella.
Él no dijo nada, pero no le gustaba lo que veía. Las paredes color rosa chicle, las flores de plástico por todas partes, la excesiva luz de tubos fluorescentes, una recepcionista (aparecida varios minutos después) exageradamente arreglada, sillas incómodas tapizadas de verde.
Empezaron a prestar atención a sus compañeros de espera: por sus conversaciones intuían acentos, de Ecuador, tal vez de Colombia, quizás de algún otro país que ellos no podían identificar (a él le molestaba sentirse como un argentino más con escasa cultura latinoamericana).
Adentro se divisaban varios escritorios donde otras personas recibían algún tipo de información de parte de simpáticas empleadas siempre sonrientes, siempre maquilladas. Ellos no alcanzaban a escuchar las conversaciones, pero algunas frases aisladas llegaban hasta sus oídos: “lo único que tenéis que hacer…”, “solo trescientos euros…”, “nosotros reservamos, claro…”.
Nadie los atendía todavía, y ahora la sala de espera permanecía en silencio. Ellos no tardaron en notar que en verdad aquello era una escenografía, y ellos los actores involuntarios. Sin decir una palabra, se levantaron y salieron de ahí, casi tan rápido como habían llegado.
3 comentarios:
Che, vos tenés que escribir así para el taller. Me parece que mezquinás las genialidades para uso personal.
Saludos!
seguimos viajando con vos!
besos.
Gracias!!! Voy a empezar a considerar hacer mi versión local de literatura de viajes... aunque espero que con mejor suerte que las últimas veces.
Besos a ambos!
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