miércoles, 11 de marzo de 2009
Esos raros conceptos nuevos
Se habían conocido cinco años atrás, trabajando juntos. Una oficina, mucha gente, ella secretaria, él jefe. Mientras compartieron el trabajo, podría decirse que no tenían nada en común, ella era extrovertida y ocurrente, mientras que él era serio y reservado. Él le llevaba unos cuantos años, y además era casado. Ninguno de los dos hubiese imaginado que algo podría suceder entre ellos alguna vez, aunque uno de ellos ocasionalmente se permitía fantasear con esa posibilidad. Se oponían en lo estético, lo ideológico, lo personal, lo político. Sin embargo, una cosa compartían, y era su pasión por el cine. Podían pasarse largos ratos defendiendo o condenando alguna película, ante la mirada aburrida de sus compañeros. Cualquier detalle servía para encender la mecha: un diálogo que ambos recordaban diferente, una actuación memorable, un final discutible, una historia inverosímil. Ella prefería siempre el cine de autor, aunque jamás utilizaba esa expresión para no parecer una esnob frente a sus compañeros. Él, por su parte, admiraba a algunos directores célebres, pero se inclinaba siempre por las grandes producciones con las grandes estrellas de la gran meca del cine. Un día, ella había decidido renunciar a su trabajo, lo que llevó a que dejaran de verse, aunque las discusiones cinematográficas se mantenían a través del mail. Algunos meses más tarde, sin demasiada justificación, él la invitó a cenar. Ella aceptó sin pensarlo. Gentilmente, él se ofreció a dejarla elegir el restaurante, y aunque hubiese preferido algún lugar elegante y carísimo, ella quería comer comida de autor. Por supuesto, nunca utilizó esas palabras, y en cambio le sugirió un lugar con nombre de un famoso intelectual europeo, donde le aseguró se comían exquisiteces. Apenas se encontraron, las diferencias volvieron a surgir, y cada vez se hacía más obvio para ambos que no compartían nada, excepto el gusto por el cine. Aún así, una extraña y poderosísima atracción entre ambos era cada vez más evidente. Ella, sin demasiados rodeos, lo invitó a tomar un café a su departamento. Él, algo inquieto, aceptó. Ella comenzó a besarlo ya en el auto y sus manos ligeras buscaban el cierre de sus pantalones. Él continuaba tenso aunque de a poco sentía que empezaba a relajarse. Llegaron. Él intentó hacer algún comentario banal sobre el departamento, pero ella solo estaba concentrada en seducirlo y sacarle muy lentamente la ropa. Lo llevó hasta su dormitorio y lo tendió sobre la cama, como disponiéndose a celebrar algún secreto ritual ante sus ojos. Él le preguntó si prefería la oscuridad (a él le gustaba que alguna forma de luz alcanzara la habitación). Ella no respondió, seguía ocupada en besarlo y acariciarlo. Él se sentía completamente entregado, empezaba a desprenderse de su neurosis. Solo alcanzó a preguntarle, entre gemidos, qué era lo que más le gustaba. Ella le respondió: el sexo de autor.
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3 comentarios:
Jajaja. Buenísimo. Genial esa definición. Debe ser el único sexo que vale la pena. Te felicito.
Gracias Ojaral!!!
Beso
muy buenoooo este relato es mi preferido!!!
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